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La tumba de Manuel Azaña

 

 

 

 

Por el V.·. H.·. Jon Iza

 

El objeto de esta plancha es relatar los hechos que acontecieron desde las once de la mañana hasta las seis de la tarde del 18 de agosto de 2010 durante la visita que realicé a la tumba del presidente de la IIª República Española el Sr. D. Manuel Azaña Díaz en el cementerio de Montauban.

Ciudad del suroeste francés y capital y prefectura del departamento del Tarn-et-Garonne en la región de Midi Pyrénees, situada a unos 50 Km. al norte de la ciudad de Toulouse. Previamente se relata con brevedad los hechos históricos que explican las razones por las cuales los restos mortales de D. Manuel Azaña reposan en dicha localidad francesa.

 

Exilio francés

Las autoridades españolas aprovecharon la conquista de Francia por Hitler para tratar de capturar a muchos dirigentes republicanos que se refugiaron en Francia al finalizar la Guerra Civil Española. El embajador español en Francia José Félix de Lequerica intentó apoderarse de Azaña que estaba instalado con su familia en Pyla-sur-Mer en la zona de Burdeos que fue ocupada por los nazis. El 28 de junio de 1940, in extremis, Azaña acompañado por su mujer D.ª Dolores de Rivas Cherif y por su médico personal consigue ser trasladado en ambulancia hasta la ciudad de Montauban. A Lequerica se le había escapado su presa más valiosa. Sólo la muerte salva a Azaña de ser capturado por los nazis y entregado a Franco como lo fueron la mayoría de los que le acompañaban en el exilio francés.

azaña y masonería

Doña Dolores de Rivas Cherif

El que había sido presidente de la IIª República Española entra en coma y muere el 3 de noviembre de 1940 en una de las habitaciones del Hotel du Midi en Montauban acompañado por su mujer, , el general Juan Hernández Saravia, el pintor Francisco Galicia, el mayordomo Antonio Lot, el obispo Pierre-Marie Théas y la monja Ignace.

El general Petain prohibió que se le enterraran con honores de Jefe de Estado; tan sólo accedió a que su féretro fuera cubierto con la bandera española a condición de que ésta fuera la bicolor roja y gualda y de ninguna manera la bandera republicana tricolor. El embajador de México en Francia el Sr. Rodríguez decidió entonces que fuera enterrado cubierto con la bandera mejicana. Según explica en sus memorias, el embajador mejicano le dijo al prefecto francés: “Lo cubrirá con orgullo la bandera de México. Para nosotros será un privilegio, para los republicanos una esperanza, y para ustedes, una dolorosa lección.”

 

Viaje a la tumba de D. Manuel Azaña

Estaba sentado en un parque de la ciudad francesa de Alby cuando apareció ante mis ojos la palabra que dio comienzo a este viaje. Sobre fondo verde y en letras blancas en mayúscula la vi escrita en la señal de tráfico que indicaba su dirección: Montauban. Inmediatamente recordé que allí reposan los restos mortales de D. Manuel Azaña.

Nunca imaginé que la última tarde del viaje a la ciudad de los albigenses me fuera a deparar tal sorpresa. Decidí acudir a la tumba de Azaña al día siguiente de regreso a Vitoria. A las once de la mañana aparqué el coche en la calle Igualdad donde está la entrada principal del cementerio más antiguo de Montauban, hay otro más moderno como me indicó un vecino de la ciudad, pero al decirle que quería visitar la tumba del que fuera presidente de la IIª República Española me dio las indicaciones precisas para acudir al más antiguo de los dos cementerios.

Tumba de Franco el día de su entierro. azaña y masonería

Tumba de Franco el día de su entierro.

Ni tan siquiera había dado tres pasos tras cruzar el umbral de la entrada del camposanto cuando se me acercó un hombre mayor que con el típico acento de un español hablando en francés me preguntó si sabía donde estaba la tumba del presidente Azaña. Le respondí con el característico acento de un español hablando español que ambos estábamos en la misma situación y buscábamos lo mismo. Instantes después vimos un plano contorneado con la bandera tricolor de la República Española. En el plano vimos señalada la tumba y el camino que dirigía a la misma. Él era catalán y había venido con su hijo y sus dos nietos para enseñarles, especialmente a éstos últimos, la tumba de D. Manuel Azaña. Por el camino me comentó la injusticia que constituía para él que el dictador Francisco Franco tuviera una tumba faraónica en el Valle de los Caídos en España y que los restos mortales del presidente Manuel Azaña descansaran en una pequeña tumba en tierras francesas

Después de caminar durante unos minutos llegamos a la tumba. Supimos al instante que era la que buscábamos porque en la cabecera de la misma había unas cintas de seda con los colores de la bandera republicana española. Toda la tumba era de granito blanco y la lápida, que estaba a ras de suelo a diferencia de la gran mayoría del cementerio, tenía la siguiente inscripción en letras mayúsculas de bronce: MANUEL AZAÑA 1880-1940. Sobre la lápida había un ancho florero circular de plástico verde oscuro con un sencillo ramo de lirios blancos que ha juzgar por su frescura no llevaría depositado allí más que apenas unas horas. En la cabecera se alzaba un monolito rectangular de mármol blanco que se abría en su mitad en dos partes simétricas asemejando la forma de la letra M mayúscula. En el espacio en que se abría el monolito en dos mitades había una escultura de vidrio cuyas formas al primer golpe de vista me parecieron abstractas e indiscernibles. La familia de catalanes estuvo escasos minutos y, tras despedirnos, se marcharon.

Me había quedado solo, así que podía empezar el pequeño ritual de homenaje. A los pies de la tumba puse una piedra y sobre ella una pastilla de carbón, una vez encendida, esparcí el incienso. El aire se llenó de un aroma intenso y penetrante. La atmósfera había cambiado. Un halo de recogimiento y dignidad envolvió el lugar. Volví a observar más detenidamente la escena. La tumba de Azaña estaba entre dos tumbas de mayor  altura llenas de adornos en las cornisas y en los laterales; sin embargo, la de Manuel Azaña era de una gran sencillez en la que destacaba la blancura del granito de la lápida y la del mármol de la escultura. Detrás del monolito se alzaba un pino de unos escasos dos metros de altura. Los tres únicos objetos que la diferenciaban del resto de tumbas y le dotaban de una gran belleza eran el monolito de mármol, el pino y dos pequeñas columnas de apenas un metro de altura que hacían la función de entrada al pequeño recinto funerario. Ninguna tumba tenía esos dos pequeños pilares de granito que sobresalían un metro más allá del límite en el que se encuadraban el resto de tumbas.

Al ver esas dos columnas, surgió la idea de hacer una Cadena de Unión con el hermano en el Oriente Eterno. Me situé entre columnas, puse los pies en escuadra y recité en silencio la invocación que se realiza en la Cadena de Unión del R.E.A.A. mientras el incienso seguía quemándose y formaba una columna de humo inmaterial y sutil. Al finalizar la Cadena de Unión me senté en una pequeña repisa de la tumba adyacente derecha y realicé una plegaria al G.A.D.U. y al espíritu del Q.H. Manuel Azaña para que concedieran a los gobernantes españoles el discernimiento necesario para dirigir nuestra nación con sabiduría. Para que tanto los actuales como los futuros gobernantes extrajeran del pasado las lecciones necesarias para que no volvieran a caer jamás en la intolerancia, el fanatismo y el autoritarismo. Para que lucharan con todas sus fuerzas para conseguir los mayores  niveles de libertad, igualdad y fraternidad para todos los españoles y que hicieron lo mismo en la medida de sus posibilidades para extender esos objetivos en el resto de naciones.

Posteriormente, comencé a mirar la tumba con mayor detenimiento. Entre las dos columnas y la lápida había una placa de mármol blanco que en letras mayúsculas en rojo contenía el siguiente texto: “Manuel Azaña. Presidente de la Segunda República Española de 1936 a 1939. Nacido en Alcalá de Henares el 10 de enero de 1880, exilado en Francia el 5 de febrero de 1939. Refugiado en Montauban el 1 de julio de 1940 y muerto el 3 de noviembre de 1940. Sus últimas palabras a sus compatriotas en guerra fueron: Paz, Piedad, Perdón / Paix, Pitie, Pardon”.

Había una segunda lápida mucho más pequeña en bronce a la derecha del monolito. Me acerqué y vi escrita en letras mayúsculas y en francés la palabra La Dechirure y un pequeño texto en francés y en español que decía lo siguiente: … de sangre y de lágrima para que viva la República. Christian André”. Era la placa que hacía mención al título de la escultura, su explicación simbólica y el nombre del autor. No sabía que quería decir La Dechirure, así que llamé al VH. Manolo Corral para que me dijera su significado. Tras consultar en un diccionario me dijo que significaba: el desgarro.

Evidentemente el monolito de mármol blanco abierto hasta la mitad simbolizaba el desgarro de España durante la Guerra Civil y la Postguerra. La imagen gráfica que me vino a la mente fue la de una enorme hacha que desde la parte superior asestaba un golpe tan brutal que abría la piedra en dos partes iguales deteniendo su filo en la mitad de la piedra que aún conservaba la base unida y sólidamente afirmada sobre la tierra. ¡Qué imagen tan dramática y a la vez tan fraternal la de las dos mitades desgarradas que brotan de un tronco común! ¡Cuántos trozos de mármol desgajado cayeron al suelo del taller de Christian André! ¡Cuántos golpes certeros y constantes del cincel y del mazo tuvo que aguantar el mármol! El mármol desgarrado simboliza el inmenso dolor que soportaron los españoles y otros muchos ciudadanos de otros países durante la Guerra Civil Española y los años posteriores.

Ya llevaba unas dos horas en la tumba y creí que había llegado el momento de relajarme un poco. Me senté en la repisa y apoyé la espalda en la pared del panteón adyacente. Di por sentado que a D. Manuel no le importaría que después del incienso,  la Cadena de Unión y la plegaria me fumara un cigarro tranquilamente, además, había visto algún video de él en el que aparecía con un cigarro entre las manos.

El lugar me estaba cautivando plenamente y ejercía sobre mí una cálida y poderosa atracción llena de dignidad y respeto. En muy pocos lugares he sentido una sensación tan extraña y familiar al mismo tiempo. No quería alejarme de los aproximadamente tres metros de largo por metro y medio de ancho que conformaban el recinto funerario. Me sentía rodeado de tranquilidad y de misterio, de historia y de presente, de belleza y de vacío.

Apuré la última calada y al apagar el cigarro sobre la tierra vi un anagrama cincelado sobre el lateral derecho de la escultura: una escuadra y un compás atravesados en su mitad por una flecha horizontal en sentido de izquierda a derecha. Justo a su lado estaba la placa de bronce a la que me he referido con anterioridad y vi que debajo del nombre del escultor aparecía el mismo anagrama. Era la firma artística de Christian André. No había duda de que el escultor empleaba como firma el símbolo masónico más universal. Lo único que me descolocaba era la flecha, por lo demás,  el anagrama era absolutamente obvio. Llegué a la siguiente conclusión: masón era el difunto, masón el artista y masón el visitante. La emoción iba aumentando en anchura y profundidad.

Al examinar la parte trasera del monolito vi cuatro floreros vacíos de diferentes tamaños y materiales. Sin duda, estaban allí para que los visitantes los pudieran utilizar. Había uno que me llamó la atención por su belleza. Era un florero en forma de cáliz que aparentaba mucha solidez. Estaba hecho en mármol de color negro verdoso y en perfecto estado de conservación. En él pondría las rosas rojas. Continué observando por los alrededores y apareció un palo de madera, me acerqué y descubrí que se trataba de una pequeña escoba con el cepillo de color morado. Estaba claro que había que barrer el lugar. La tumba estaba muy limpia a diferencia de sus vecinas, tan sólo había que limpiar las pequeñas hojas del pino que se erguía en la tierra inmediatamente detrás de la escultura. Al comprobar si quedaba algo por limpiar en la parte derecha, volví a leer la placa de bronce: … de sangre y de lágrima para que viva la República”. De sangre y de lágrima… En ese momento comprendí la escultura de vidrio que estaba en medio de la piedra desgarrada y que antes me pareció abstracta. Dos grandes lágrimas hechas en vidrio se derramaban en el hueco del mármol desgarrado. Sobre el vidrio incoloro había tres gotas rojas en la lágrima de la izquierda y otras cinco en la de la derecha. En ese momento comprendí la simbología de la escultura.

Eran ya las tres de la tarde y creí que era el momento de ir a buscar las rosas. Llevaba cuatro horas en el cementerio y tenía que regresar a Vitoria ese mismo día. Una persona me indicó donde estaba la floristería más cercana. Entré en la tienda y resultó que todas las flores que vendían eran de plástico. Tras sopesar la situación unos segundos concluí que D. Manuel me perdonaría los cigarros que me fumé en su tumba, pero que de ninguna manera me perdonaría si le llevaba unas rosas de plástico. Por tanto, a la misma dependienta le pedí que me indicara dónde podría comprar flores naturales. Llegué a la segunda floristería y pregunté por el precio de un ramo de siete rosas. Desgraciadamente, llevaba el dinero justo para la gasolina y la autopista y no pude permitirme más que una sola rosa roja. La dependienta la adornó con mucho gusto incluyendo varias ramas de helechos verdes y la envolvió en un papel de celofán transparente. Era una sola rosa, pero era de verdad.

Regresé a la tumba y deposité la rosa sobre la lápida, cogí el florero con forma de cáliz y me fui a una fuente para lavarlo. Al volver había dos personas que se acababan de bajar de una pequeña furgoneta con matrícula francesa. Eran un hombre y una mujer. La mujer era joven y llevaba una máquina fotográfica de gran tamaño colgada en el cuello. El hombre enseguida se dirigió a mí para saludarme. Y en francés me preguntó:

–   ¿Eres tú el que ha dejado la rosa sobre la lápida?

–   Sí, he sido yo.- le contesté.

–   ¿Has venido a saludar a D. Manuel Azaña?- me volvió a preguntar esbozando una gran sonrisa.

–   Claro, soy español y he venido a Montauban para conocer la tumba de Azaña y tributarle mi homenaje particular. – le respondí.

–   Yo soy el escultor del monolito.- me dijo señalando con su mano la tumba.

– ¡Es para mi un gran honor estrechar su mano!- acerté a decir casi balbuceando.

No me podía creer lo que me estaba pasando. Nos dimos la mano y pude comprobar la enorme mano de aquel hombre que con gran fuerza apretó la mía.

–   Me llamo Christian André y hemos venido para hacer unas fotografías para el nuevo catálogo de mi obra. Hemos venido hoy por el día tan soleado que hace.- me comentó mientras alzaba su mano hacia el cielo.

–   Yo me llamo Jon.- le respondí.

Lleno de alegría y emoción cogí la rosa y la puse en el florero. Christian me aconsejó que la pusiera justo al lado del florero con los lirios blancos. También me pidió que abriera el papel de celofán por la parte superior para que la rosa pudiera quedar el aire. Acto seguido, nos alejamos unos metros para que la fotógrafa pudiera sacar fotos de la tumba y la escultura.

Christian era un hombre de unos sesenta años, de aspecto saludable, corpulento, de mediana estatura, moreno, nariz aguileña y lucia una perilla entrecana. Tenía unas pequeñas gafas de cristales ovalados con montura dorada. Su mirada poseía una fuerza y vivacidad que desprendían calidez y cercanía. Vestía un pantalón y una camisa muy holgados ambos de lino blanco. Cuando nos quedamos a unos metros de la fotógrafa me habló del monolito.

Me contó que había tenido que leer muchos libros sobre la IIª República, la Guerra Civil y la Postguerra españolas antes de ponerse manos a la obra. Después de documentarse entendió el dolor y el sufrimiento de la historia reciente de nuestro país. Una vez hecho el análisis de los acontecimientos de aquellos años lo materializó en una síntesis compuesta de tres elementos: desgarro, sangre y lágrima. Si el desgarro era de mármol, la sangre y la lágrima debían de ser de cristal como símbolo de la esperanza. Quería trasmitir un mensaje de confianza a sus coetáneos y a las generaciones venideras.

De tal manera que las dos partes separadas del monolito de mármol  podían volver a unirse por la sangre y las lágrimas hechas de cristal que simbolizaba la esperanza.  Se hacía eco de esa vieja idea según la cual lo que más une a las personas, por muy diferentes que éstas sean, es el sufrimiento compartido. Todas las familias españolas tenemos muertos por los que derramar nuestras lágrimas. Todas sin excepción alguna. Me pareció una visión llena de verdad, sabiduría y fraternidad. Cuando terminó sus explicaciones, le transmití mi profunda gratitud por el mensaje de esperanza que transmitía la obra que se alzaba sobre los restos mortales de D. Manuel Azaña. En mi opinión, había captado de manera magistral el pasado doloroso de nuestro país, así como, la actitud con la que los españoles necesitamos construir nuestro presente.

A continuación le manifesté mi sorpresa al descubrir que su firma artística contenía una evidente simbología masónica. Me miró sonriente y me aclaró que su firma son las dos iniciales de sus dos primeros apellidos: André-Acquiere. La primera “A” puesta al derecho y la segunda “A” puesta del revés y unidas. La flecha horizontal que cruza por el medio a ambas iniciales es un homenaje al maestro que le enseñó el arte de la escultura, cuyo nombre no recuerdo. Acto seguido me guiñó un ojo y volvió a sonreírme.

En ese momento la fotógrafa nos pidió que quitáramos las flores y las cintas de seda para poder hacer unas fotografías a la tumba exenta de objetos. Retiramos todo y siguió haciendo fotografías. Un detalle que no me gusto nada es que en la fecha del fallecimiento de Azaña faltaba el número 9 de 1940. Daba una imagen de dejadez que trasladé a Christian. En el acto sacó de su bolsillo el número 9 que se había llevado a su taller días antes porque se estaba desprendiendo del mármol. Lo había traído para tomar medidas y, una vez tomadas, lo volvería a dejar bien adherido sobre la lápida. Volví a darle las gracias por cuidar con tanto celo de la tumba que tanto simbolizaba para muchos españoles y para muchas otras personas de otros países. Estaba claro que además de su constructor era su gran maestro supervisor que la vigilaba constantemente. ¡Otra alegría más

Cuando la fotógrafa terminó, nos llamó para que volviéramos a poner las flores y las cintas y, en ese momento, Christian le pidió que nos sacara una foto. Él se puso en la parte derecha, yo en la izquierda y D. Manuel quedó en el centro, como vértice del triángulo.

Tanto la fotógrafa como el escultor habían concluido sus tareas, ella había tomado las fotografías y él había tomado las medidas para volver a pegar el número 9 en la fecha del fallecimiento. Nos despedimos con un fuerte y sentido apretón de manos. Cuando estaban ya dentro de la furgoneta me dí cuenta de que se había dejado el número 9 sobre la lápida, así que tuve que correr unos cuantos metros para poder entregárselo.

De nuevo me quedé solo en la tumba, pero ahora con una emoción nueva que difícilmente se puede explicar. ¡El propio escultor me había explicado la simbología del monolito! Toda la superación del desgarro que sufrió España durante la guerra y la postguerra sintetizadas en dos ideas fundamentales: sangre y lágrima. Sin pensarlo dos veces me dije: ¡aquí hay que sangrar y llorar, tú verás como lo haces! Me volví a sentar cerca del monolito y comencé a tocarlo por vez primera, antes sólo lo había observado.

Toqué el mármol, el vidrio de las lágrimas y la sangre y me percaté de un detalle que hasta entonces se me había pasado por alto. Las dos lágrimas estaban unidas al mármol por una serie de cristales estratificados. Había aproximadamente unas cuarenta capas a cada lado sobre las que se sujetaban las dos lágrimas. Cada capa de cristales tenían los bordes muy afilados. Un lugar perfecto para cortarse. Pasé varias veces el índice de la mano izquierda por uno de los filos pero el miedo hacía que no apretara lo suficiente. Así varias veces y nada. Hasta que por fin pensé en toda la sangre que tantas personas vertieron en la guerra y que yo no era capaz ni tan siquiera de hacerme un leve rasguño. La vergüenza que sentí de mi mismo fue la palanca que me hizo apretar el índice sobre uno de los filos y conseguí un pequeño corte. Me senté con la intención de que las gotas cayeran de forma desordenada sobre la lápida, pero al instante rectifiqué y pensé en hacer con ellas los tres puntos en forma de triángulo. Cayeron las dos primeras gotas sobre la lápida y cuando iba a caer la tercera pensé que el índice de la mano derecha también debía de sangrar. Hice la misma operación que en el primer corte y conseguí el tercer punto y se configuró el triángulo. A pesar de que Azaña no pasó del primer grado y que después de su Iniciación no volvió a Tenida alguna, la conversación con Christian André y su firma artística me empujaron a obrar de tal manera. Observé el triángulo durante algún tiempo y luego decidí borrarlo con el agua que había en el florero donde estaba la rosa. La lápida volvió a quedar limpia.

Ahora quedaban las lágrimas y para ello no había más remedio que llorar. No tenía ganas de llorar porque estaba experimentando unas emociones extraordinariamente bellas; sin embargo, había que seguir el camino trazado por el escultor. El proceso de la sangre lo había realizado en la parte izquierda de la escultura sin premeditación alguna. Así que ahora el proceso de las lágrimas debería de hacerlo en la parte derecha. Me senté en la repisa exterior del conjunto funerario y pensé que debería de hacer para que las lágrimas hiciesen su aparición y, que además, fuesen producto de un dolor sincero relacionado con la historia española de aquellos años.

Después de discurrir un tiempo creí dar con la solución buscando en mi dolor personal. Mis abuelos por parte paterna murieron en la Guerra Civil como consecuencia de los bombardeos que la aviación de los nazis alemanes y los fascistas italianos realizaron sobre varios enclaves vizcaínos del valle de Arratia en las mismas fechas en que se realizó el bombardeo de Gernika. Mis abuelos paternos se llamaban Eugenio y Antonia y no los pude conocer. Sabía algunas cosas que mi padre mi había contado pero nada más, ni siquiera pude ver una fotografía de ninguno de ellos.

Eugenio era pastor y se dedicaba la mayor parte del tiempo a llevar por el monte sus rebaños de ovejas. Antonia se encargaba de atender a sus once hijos y de las labores domésticas del caserío y, además, ejercía de herbolaria atendiendo las dolencias de los vecinos, porque según mi padre, era una gran conocedora del poder terapéutico de las plantas y elaboraba ungüentos que daba a todos aquellos que se lo pidiesen.

Ahí encontré mi llanto personal, el dolor de no haberlos podido conocer. La inmensa pena de que ninguno de ellos me hubiera podido acariciar ni contar sus historias sobre los montes, las ovejas, las plantas y las personas. Recordando las facciones de mi padre y las de sus hermanos y hermanas que he podido conocer, me imaginé las suyas, también me imaginé sus voces, sus sonrisas y sus andares…

Me los imaginé sacando adelante a su familia hasta que una bomba mortal lanzada desde un avión puso fin a sus vidas sencillas y ejemplares. Imaginé también cuantas familias pasaron el mismo dolor, la misma pena y el mismo desgarro o, mejor dicho, un sufrimiento aún mucho mayor, inmensamente más grande y profundo del que yo estaba experimentando. Un dolor tan grande como para llenar un pantano de lágrimas. Llantos que nada sabían de ideologías, tan sólo de desdicha, quebranto y desesperación. Ellos velaron los cadáveres aún calientes de sus padres, de sus hijos o de sus amantes. Entonces me di cuenta de la gran lección que estaba aprendiendo. Mis lágrimas eran debidas a un dolor leve y superficial equivalente a los cortes de los dedos que me acababa de hacer. Y comprendí la ligereza y gratuidad que tenemos los españoles de mi generación a la hora de hablar sobre aquellos años. Comprendí los silencios profundos y graves de las generaciones que vivieron aquellos tiempos tan terribles. Del dolor personal pasé al dolor colectivo. Las lágrimas salieron solas y lloré por mi propia familia que era el mismo sufrimiento de cualquier familia, no solo española, que perdió alguno de sus seres queridos en nuestra feroz contienda fratricida.

Al dolor de la muerte le siguió el dolor de la injusticia al darme cuenta de que tuve que desplazarme hasta Montauban para visitar la tumba del presidente D. Manuel Azaña. Hubiera sido mucho mejor no tener que hacer un viaje tan largo ni tener que cruzar frontera alguna. Los restos mortales del rey Alfonso XIII fueron repatriados de su exilio  y ahora reposan en el monasterio de El Escorial; sin embargo, los restos mortales del que fuera elegido presidente de la IIª República Española D. Manuel Azaña siguen en el exilio. Sus restos no vendrá solos, alguien tendrá que proponer su repatriación. Una repatriación que se debe de plantear en nombre de la justicia histórica y de la dignidad nacional y no como una apología de la IIª República. Como dijo Jesús Pardo de Santallana: “No hay tiranía peor que la de una conciencia retrógrada o fanática que desea oprimir a un mundo que no entiende, el actual, en nombre de otro mundo que no existe, la Segunda República Española”.

QQ.HH. quiero terminar esta plancha con las últimas palabras del último discurso que D. Manuel Azaña dirigió a sus compatriotas. De igual manera que la escultura de Christian André fue la catalizadora de mi visita a la tumba, sirvan las palabras de D. Manuel Azaña de guía para la convivencia fraternal entre los españoles:

“La simplísima doctrina del adagio de que no hay mal que por bien no venga, ¡no es verdad! Es obligación moral sobre todo de los que padecen la guerra cuando esta se acabe, como nosotros queremos que se acabe, sacar la lección de la musa del escarmiento el mayor bien posible y cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones que se acordarán, que si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia, con el odio y con el apetito de destrucción ¡que piensen en los muertos y escuchen su lección! La de esos hombres que han caído embravecidos en la batalla luchando magnánimamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna ya no tienen odio, ya no tiene rencor y nos envían con los destellos de su luz tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: paz, piedad, perdón.”

 

 

 

 

 

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Diario Masónico

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