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Masonería, laicismo y globalización

 

 

Ponencia presentada por la Gran Logia de Chile,

en la XX Conferencia de la Confederación Masónica Interamericana,

celebrada en Guatemala, 2006

Después de una larga crisis el humanismo y tras la globalización, renace bajo concepciones diversificadas, según un interés político o una tendencia filosófica determinada; que incluye desde el “humanismo cristiano”, que parte de una visión teocéntrica (Maritain), hasta el “humanismo marxista” (Marx-Marcuse) o el “humanismo existencialista” de Jean Paul Sartre.

También incluye al más reciente: el “humanismo espiritualista” (Luc Ferry). Que tiene en común con lo religioso el reconocimiento del misterio del hombre, de su propia conciencia, su estatuto único y extraordinario, su vocación moral; y que hace del amor por el prójimo y del hombre en sí mismo, más allá de él, una experiencia capaz de dar un sentido a la vida.

La diversidad de enfoques humanistas dio cabida a una visión laica sobre la construcción y el mantenimiento del Estado democrático que, a la neutralidad religiosa, agrega la garantía de la libertad de conciencia, el libre examen, la autonomía de la voluntad y la igualdad de los seres humanos. Son precisamente este Estado y sus principios los que enfrentan las circunstancias del fenómeno de la globalización.

Estado y laicismo

Dentro del Estado se sigue desarrollando la acción constante de las distintas confesiones religiosas que luchan por alcanzar posiciones de privilegio. Asimismo, se desarrollan los movimientos laicos, que derivan del viejo humanismo y que exigen del Estado su prescindencia y neutralidad frente a estos intentos de predominio de algunas creencias religiosas y su injerencia en los asuntos públicos. Más que un combate contra una determinada religión, es una garantía para todas ellas, incluso para los agnósticos y ateos.

Algunos sectores liberales de Estados Unidos han avanzado en una lenta transformación de la noción republicana clásica, originada en el principio contractualista en que todos los individuos ceden sus derechos al Estado, a cambio de que éste garantice la paz y la vida buena, derechos que no pueden darse por los grupos de la sociedad civil.

Tales grupos pretenden, sin embargo, revertir el sentido del Estado laico y republicano, sosteniendo que su papel debe limitarse al reconocimiento de las diferentes concepciones de la “vida buena”, abriendo de este modo la posibilidad de que las iglesias puedan potenciar sus comunidades recolonizando la esfera pública.

Hace casi una década Guy Haarscher denunció en su obra El Laicismo las tentativas fundamentalistas para introducir en la educación pública norteamericana, “en nombre del pluralismo y de la libertad de expresión, un curso opcional de biología creacionista”. 

El liberalismo que, paradojalmente, defiende la autonomía de la voluntad, aparece así unido estrechamente a la Iglesia Católica y al “comunitarismo”, defendiendo los derechos o las tradiciones del grupo.

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El laicismo del Estado establece como indispensable la separación de las confesiones religiosas de las decisiones que se tomen en la esfera pública, asegurando así la libertad de creencias.

De ahí, entonces, la necesidad de defender al Estado Laico en su rol de garante en el mantenimiento del espacio público como área abierta a la crítica, la discusión y el debate, como auténtica libertad de expresión y tolerancia.

El laicismo del Estado (que establece como indispensable la separación de las confesiones religiosas de las decisiones que se tomen en la esfera pública, y que no implica, como está dicho, irreligiosidad, sino que asegura la libertad de creencias) hace efectiva la triada fundamental de la Orden: libertad, igualdad y fraternidad, también incorpora a la tolerancia como principio clave de las bases democráticas.

Relaciones entre el Estado laico y la globalización

Pero las estructuras doctrinales de Estado Laico enfrentan a un avatar nuevo: la globalización. Ésta hace más exigible que nunca la aspiración masónica de una efectiva participación y real intervención de los miembros de la Orden en la sociedad profana y en las instancias de decisión nacional e internacional, como una manera, hasta donde sea posible, de contrarrestar los efectos negativos más probables de la globalización:

a) El debilitamiento del Estado frente al poder financiero internacional.

b) La mundialización de la cultura, con la consiguiente desaparición del patrimonio cultural nacional.

c) La pérdida de identidad nacional.

Para algunos autores, el laicismo no necesita reconocimiento institucional ni confirmación solemne, ni carta de adhesión, rito o formalidad. Ello significaría mantenerlo en el ámbito de una convicción personal, sin consecuencia social alguna, en la mera contemplación hecha desde un sitial solitario, sin que el ideal laico pueda trascender y expresarse en hechos concretos.

La necesidad de defender al Estado Laico en su rol de garante en el mantenimiento del espacio público como área abierta a la crítica, la discusión y el debate, como auténtica libertad de expresión y tolerancia.

Creemos, por el contrario, que la adhesión a los principios laicos universales (principios humanistas y democráticos) crea, más que una doctrina, la necesidad de una postura orgánica, eficiente y activa en el mundo de la profanidad.

Sin embargo, las estructuras institucionales (Estado, Iglesias, así como los movimientos unidos por una identidad valórica laica) enfrentan por igual las incertidumbres y dudas que plantea el fenómeno de la globalización y la intervención de las poderosas redes financieras internacionales que afectarán, sin duda, las bases del Estado clásico.

Para muchos la globalización es un fenómeno que continúa otras formas de universalización conocidas, como el imperialismo y la transnacionalización del capital, representando nada más que una fase del desarrollo del capitalismo, proceso que se ha estado produciendo a lo largo de la historia y que ahora se acentúa como consecuencia de los acelerados avances de la ciencia y la revolución tecnológica, llevándonos inexorablemente hacia una “sociedad de la información y el conocimiento”.

Los Estados nacionales deben ceder en distinta medida su soberanía e identidad ante el fenómeno de la globalización, desprotegiendo las culturas y economías locales. Los tratados o pactos internacionales no constituyen un marco regulatorio suficiente para contrarrestar el efecto universalista, que compromete, desde ángulos diversos, a toda la humanidad.

Ahora bien, una sociedad universal homogénea, que termina con las diversidades culturales, puede lesionar muy seriamente los principios del humanismo, del laicismo y de la francmasonería.

La influencia económica es fácilmente traspasable a alguna de las tendencias religiosas, o inversamente ellas podrían influir en las economías de decisión mundial. Las organizaciones que, hasta ahora, regulan autónomamente los mecanismos del mercado, no estarán siempre ajenas a la influencia del grupo de naciones en que se radica el poder financiero o de las religiones, particularmente si se considera que el fundamentalismo religioso vive potencialmente en todas las corrientes religiosas, en especial las monoteístas. Sin embargo, paradojalmente algunos de estos fundamentalismos, con los ingredientes del integrismo, son los que aparecen enfrentando el avance de la globalización. 

El resurgimiento de antiguas formas de nacionalismos, fuertemente enraizados en identidades étnicas y religiosas, ha pasado a ser expresión de resistencia al propósito globalizador del mercado y la transculturización.

El islamismo expresa de consuno con el fundamentalismo y con el integrismo religioso que el fanatismo pasa a las acciones concretas del terrorismo y que, como la globalización, recurre también a la tecnología y la ciencia.

El laicismo del Estado hace efectiva la triada fundamental de la Orden: libertad, igualdad y fraternidad, también incorpora a la tolerancia como principio clave de las bases democráticas.

Paralelamente en el apoyo a la cultura de la globalización, aparecen señales de un fundamentalismo cristiano que, aunque disparatadas, constituyen el anticipo de un entendimiento con sus intereses.

El llamado público de un importante personero político italiano, hecho al Papa Benedicto XVI, para liderar una cruzada contra el Islam, como contramedida al terrorismo musulmán, es una clara sugerencia para que la Iglesia Católica se incorpore a lo que se ha llamado “el fundamentalismo de la globalización”.

Globalización o mundialización sin control

Una sociedad que está admitiendo la subordinación del hombre a las regulaciones del mercado, en que los capitales financieros controlan las economías locales y en que la indefensión de los estados nacionales (salvo las potencias mundiales) los margina de las decisiones financieras, dará origen a una transculturización inevitable, que sepultará las tradiciones y facilitará una pérdida cada vez mayor de las identidades nacionales. De este modo, se irá generando una sociedad más fácilmente penetrable por el fundamentalismo religioso.

Mientras los derechos humanos adquieren un reconocimiento como universalidad, privilegiando la voluntad popular como base del poder público, expresada en la libre y autónoma voluntad del hombre, el proceso globalizador deshumaniza claramente tales derechos y destruye sus bases sustentadoras.

Eso ocurre, fundamentalmente, porque la globalización se encuentra en una etapa en que carece de gobernabilidad, lo cual permite el dominio mundial de los grandes intereses del capital especulativo; que se maneja con agilidad en el mundo del mercado, en una alianza de no más de siete a ocho grandes naciones que aprovechan el brutal desequilibrio social, económico y cultural de las demás naciones.

Una sociedad universal homogénea, que termina con las diversidades culturales, puede lesionar muy seriamente los principios del humanismo, del laicismo y de la francmasonería.

Este debilitamiento de los principios de soberanía, la territorialidad y la seguridad nacional aumenta por el enfrentamiento competitivo y desventajoso del Estado con los consorcios financieros mundiales, las organizaciones intergubernamentales e, incluso, las organizaciones regionales. El problema real de los Estados es la reducción de su capacidad para regular la organización socioeconómica y cultural interna, frente al asalto permanente e incontrarrestable de la mundialización, no obstante a lo positivo que pudieran ser las integraciones regionales.

La creación de la Organización Mundial del Comercio (1995) abrió los espacios a un nuevo sistema que representa en la actualidad al 90% del comercio internacional y que posibilita un leve principio de regulación de las relaciones comerciales entre los países y de gobernabilidad de la globalización.

Impactos de la globalización en la cultura

No todos los analistas tienen una visión negativa de la globalización. Algunas interpretaciones apuntan a la posibilidad de un fortalecimiento de la tradición y las culturas nacionales o cuando menos su coexistencia con nuevos símbolos culturales. El efecto en la cultura aparece como una consecuencia muy visible del impacto económico que la globalización produce en los países insertos en el proceso. 

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La generalización de los derechos del hombre y del desarrollo social.

Pero es evidente que, al contrario de lo sostenido por algunos teóricos, las patologías sociales más graves, que derivan de la pobreza, no mejoran en el mundo globalizado, de tal modo que el avasallamiento cultural se va haciendo inevitable.

También se plantean aspectos que parecen esperanzadores para el surgimiento de un nuevo humanismo, sobre la base del aprovechamiento de las tecnologías, en que se destaca la transparencia de la información, “la generalización de los derechos del hombre y del desarrollo social”.

Los recursos informativos al servicio de la globalización permiten también una visión inmediata de los hechos políticos o económicos o científicos que pueden afectar los derechos humanos. Y es uno de los aspectos considerados como positivos en el fenómeno globalizador.

La masonería en tiempos de globalización

La globalización cubre todo el espectro económico, social y cultural del mundo. A sus consecuencias e influencias quedan inevitablemente sometidos las creencias religiosas, el ateísmo y el agnosticismo. La masonería y el laicismo (aunque sus definiciones marcan la diversidad de sus objetivos y se separan en cuanto manejan lenguajes distintos) se sustentan en principios y valores comunes. La reserva y el secreto, en el caso de la masonería. La distancia de la acción directa y militante, en el caso del laicismo. Si bien todos los masones participan y adhieren a los principios laicos, no todos los laicos pertenecen o militan en la masonería. 

La globalización se encuentra en una etapa en que carece de gobernabilidad.

La Orden está constituida bajo la forma de obediencias, que agrupan a las Logias como sus unidades básicas, sometidas a instrumentos reguladores de sus ritos, objetivos y funcionalidad. Las Constituciones de Anderson, aprobadas seis años después de haberse dado forma a la masonería especulativa en 1717, constituye, sin duda, el más importante de estos instrumentos. 

La masonería, definiéndose como sociedad filosófica, pone de manifiesto su naturaleza pluralista y tolerante, creando una sólida unidad y coherencia entre sus miembros. Sólo de este modo puede entenderse el rol dinámico que ha jugado en su lucha por el respeto al ser humano, como forma de constituir una humanidad fraterna, sujetándose a la triada de libertad, igualdad y fraternidad, sostenida y afianzada por el principio de la tolerancia.

El desafío de la masonería para la construcción de una sociedad libre, democrática, justa, solidaria y tolerante, la mantiene en una vigilancia constante sobre los protagonismos políticos de las religiones, que la asocia de modo inevitable con el laicismo. Los fundamentalismos, integrismos, terrorismos y la globalización (en sus efectos graves para la dignidad del ser humano: más pobreza, más injusticia, más hambre, menos libertad y justicia, pérdida de su identidad, etc.) generan la necesidad imperiosa de crear redes de transferencia informativa con el laicismo.

Estas redes apuntan a una organicidad mundialista, propósito en que han avanzado algunas entidades europeas como la International Humanist and Ethical Union (I.H.E.U.), fundada en 1952, y que es una ONG reconocida y considerada como órgano consultivo por la UNESCO, las Naciones Unidas y el Consejo de Europa.

De la misma manera como la masonería y los movimientos laicos del mundo han mantenido una acción vigilante sobre el respeto a los derechos humanos y la democracia, aparece hoy como indispensable el replanteamiento de dichos valores frente a un fenómeno que rompe el diseño social, económico y cultural establecido en el mundo: la globalización.

Tales valores, consagrados como principios comunes al libre pensamiento, deben ser fortalecidos a través de acciones concretas, como la de llevar tales valores a la categoría de universalidad axiológica, para que seamos capaces de enfrentar a nivel mundial los peligros de la globalización. De la misma manera como las religiones (y de modo especial, la religión católica, con un gobierno centralizado con la categoría de Estado), el universalismo axiológico, elemento básico común a la masonería y al laicismo, debe estar sostenido en una relación coherente y sistemática que comprenda un sistema de apoyos recíprocos o multilaterales permanentes a nivel internacional. 

Así como el espacio público no está prohibido para la manifestación de los credos religiosos, la práctica de sus ritos e incluso para campañas de proselitismo, la masonería que se define a sí misma como una institución filosófica, rechazando toda caracterización política y religiosa, puede también dar a conocer en el espacio público su posición frente a las consecuencias previsibles de la globalización, en cuando daña los principios y los valores universales que le sirven como elementos de unidad mundial.

El actual desafío de la Orden es preservar, en el nuevo mundo que viene, aquellos valores permanentes, inmutables ante cualquier cambio de las sociedades.

Pero si se abstrae de la cambiante realidad social, si se mantiene en la privacidad de sus talleres y no activa la participación ciudadana de sus miembros o no crea y fortalece las entidades para-másonicas, desperfilará los valores que ha defendido históricamente.

Las distintas obediencias podrían no coincidir en algunos puntos que las diferencian, y de hecho no coinciden, pero no pueden alterar la adhesión a valores comunes y esenciales como distintivos masónicos, insertos en el universalismo axiológico, tal como debemos entenderlo.

En todo caso, el universalismo axiológico, en el cual pueden coincidir tanto el laicismo como la masonería, debería partir, como dice Philippe Grollet, de “un humanismo que no afirma su legitimidad en un Dios, en un mandato, en un evangelio, en un maestro. Un humanismo que no tiene la pretensión de sustituir a la trascendencia vertical de las religiones, aunque eso sería ya un progreso, un humanismo que se articula alrededor de algunos valores que, congregados entre sí, forman una moral”.

La masonería y el laicismo se sustentan en principios y valores comunes.

No podemos, pues, caer en la pretensión de un universalismo axiológico que invadiría, indebida e injustificadamente, el territorio total de la axiología, sin emplear un medio reduccionista para precisar los valores del mundo del laicismo, referido a “algunos valores”, lo que, sin embargo, no les hace perder su carácter universal.

El laicismo belga en sus programas y cursos de moral laica, había precisado los valores laicos que, para el libre pensamiento, tienen el incuestionable carácter de un universalismo axiológico:

  1. Contra el espíritu de lo absoluto, fundamento metafísico de todos los fanatismos, el sentido de la relatividad de los valores, fuente de tolerancia y concepción de la vida social esclarecida por la ciencia.
  2. La duda metódica como medio de conocimiento.
  3. Más que la “Razón” inmutable y abstracta, la conquista de la racionalidad en todos los aspectos que matizan lo racional por lo razonable.
  4. La búsqueda de lo óptimo en la solución de los problemas morales tanto contra el derrotismo como el maximalismo.
  5. El reconocimiento de los valores civilizadores del humanismo, expresión del genio inventor y artífice del hombre.
  6. El compromiso con la acción, ya que el ciudadano digno de este nombre rechaza el fatalismo y se erige como dueño de su destino.
  7. La capacidad de revolución contra la injusticia y la inhumanidad para afirmar los valores del progreso.
  8. El autodominio como dinamismo armonioso que conduce progresivamente al dominio del medio.
  9. La búsqueda de la felicidad, para uno mismo y para los demás, de manera dialéctica.
  10. En contra de las creencias necias y fáciles, la preocupación por la prueba, virtud del origen científico pero que hace falta extender hacia todos los campos del pensamiento y de la acción.
  11. La equidad, es decir, la preocupación por el equilibrio y por la justicia moral.
  1. El humor, virtud laica, ya que afirma la distancia crítica con respecto al egoísmo, al egocentrismo y a la vanidad, y porque confirma el relativismo y la tolerancia.

Si bien todos los masones participan y adhieren a los principios laicos, no todos los laicos pertenecen o militan en la masonería.

Tanto Guy Haarscher como Philippe Grollet agregan otros valores que derivan del laicismo filosófico y del humanismo laico, y que se conjugan en la formación de una moral laica, comenzando por el libre examen, la autonomía, la libertad, la conquista de la ciudadanía, la capacidad de rebelión, la igualdad, la tolerancia o alteridad y la solidaridad.

Tras estos valores subyace, con un vitalismo cada vez más fuerte, la integración humanista laica, los derechos humanos y la democracia, que los hace universales.

 

Referencias:

  • Sartre, Jean-PaulEl existencialismo es un humanismo. Editorial Edhasa

 

Fuente: Gadu.org

 

 

 

Publicado por:

Diario Masónico

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