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El Francmasón Francisco Javier Mina en la Independencia de México

 

 

 

Fue el Francmasón don Francisco Javier Mina originario de Navarra, en España, donde nació en diciembre de 1789, año famoso que vio proclamar en Francia los derechos del hombre, y punto de partida de la gloriosa revolución que fecundó la conciencia del género humano.

La vuelta de Fernando VII abrió también las puertas de la patria al intrépido Mina, pero en su alma ardiente y generosa tenía la libertad fervorosísimo culto, y la tiranía desplegada por aquel soberano, apenas asentado en el trono de sus mayores, y las terribles persecuciones de que hizo blanco a todos los patriotas, lo decidieron, de acuerdo con su tío Espoz y Mina, a intentar en Pamplona un movimiento revolucionario en pro del restablecimiento de la Constitución.

Descubiertos sus planes, uno y otro huyeron a Francia, y quedándose en esta nación don Francisco Espoz, Mina se trasladó a Inglaterra y no tardó en estrechar relaciones con personas distinguidas, y entre ellas con el doctor don Servando Teresa de Mier, y que había publicado en Londres, bajo el nombre del doctor Guerra, que era su segundo apellido, la Historia de la revolución de Nueva España, después de haber sufrido persecuciones y peligros sin cuenta, que hacen de este hombre célebre un personaje verdaderamente novelesco.

La amistad con Mier y la comunicación frecuente con varios comerciantes ingleses que deseaban fomentar, en beneficio de las jurisdicciones unidas y la Inquisición desde 1817, en que fue aprehendido en Soto la Marina, y que se halla publicada en la Colección de documentos de J. E. Hernández Dávalos, -tomo VI, págs. 638 a 950- sus intereses.

La separación política de las posesiones de España en América, le indujeron a elegir el virreinato de México para combatir el despotismo de Fernando y desplegar su actividad auxiliando a los que en este suelo luchaban por conquistar sus derechos de hombres libres.

Parece que en la resolución de Mina y en aquel su espíritu cosmopolita de libertad de que estuvo siempre animado, entraban por mucho los dogmas fundamentales de la francmasonería, de la cual era ardentísimo adepto. Introducida en España por los franceses , esta institución había atraído a su seno a hombres de elevada posición o de avanzadas ideas, bien por afición a la novedad, bien por los principios de beneficencia, de tolerancia y de libertad que constituían su emblema.

Anatematizada al principio y mirada con horror por la generalidad, tanto por las pavorosas escenas que se contaban de las logias masónicas como por las excomuniones contra ella fulminadas por algunos pontífices romanos, acabó por reunir en haz vigorosísimo a todos los que, perseguidos por la intolerancia religiosa y el feroz absolutismo, necesitaban defenderse y auxiliarse mutuamente, y trabajar por el restablecimiento de la libertad, bien que con todas las precauciones posibles para evitar la vigilancia de la policía y de la Inquisición, vuelta á la vida por el receloso y despótico Fernando.

“Iguales causas producían idénticos efectos, dice el historiador Lafuente, y el sistema de opresión traía las conspiraciones, cuyo hilo no se había cortado, y cuya madeja estaba en las sociedades secretas. Si no todos los asociados llevaban el mismo objeto, no hay duda que muchos se afiliaban en las logias con el fin de sacudir el yugo del absolutismo y de la intolerancia teocrática , y de restablecer o la Constitución de 1812 u otro gobierno igual o parecido.”

En la libre Inglaterra Mina halló numerosos afiliados que no buscaban, como los de España, el remedio de inmediatas necesidades, y su alma apasionada y joven se inflamó al contacto de extensas y nobles ambiciones.

Pero no perdía de vista, en medio de su entusiasmo por la difusión de los principios de libertad, la oprobiosa coyunda que pesaba sobre España. Herir al tirano en sus dominios de América era a sus ojos emancipar al mismo tiempo a americanos y a españoles.

“De las provincias de este lado del Océano, -decía a los mexicanos en su proclama al pisar las playas de Nuevo Santander- saca el opresor los medios de su dominación: en ellas se combate por la libertad; así, desde ese mismo momento, la causa de los americanos fue la mía… Sólo el rey, los empleados y los monopolistas son los que se aprovechan de la sujeción de la América en perjuicio de los americanos.

Ellos, pues, son sus únicos enemigos y los que quisieran eternizar el pupilaje en que los tienen, a fin de elevar su fortuna y la de sus descendientes sobre las ruinas de este infeliz pueblo. Ellos dicen que la España no puede existir sin la América, y esto es cierto si por España se entienden ellos, sus parientes, amigos y favoritos; porque emancipada la América no habrá gracias exclusivas, ni ventas de gobiernos, de intendencias y demás empleos de Indias; porque abiertos los puertos americanos á las naciones extranjeras, el comercio pasará á una clase más numerosa é ilustrada; y porque libre la América, revivirá indudablemente la industria española, sacrificada en el día a los intereses rastreros de unos pocos hombres…

La causa de los americanos es justa, es la causa de los hombres libres, es la de los españoles no degenerados. La patria no está circunscrita al lugar en que hemos nacido, sino más propiamente al que pone a cubierto nuestros derechos individuales. Vuestros opresores calculan que para restablecer su bárbara dominación sobre vosotros y sobre vuestros hijos es preciso esclavizar el todo.”

Con razón el célebre Pitt, al justificar en pleno parlamento la resistencia de los anglo-americanos , decía:

“Nos aseguran que la América está obstinada , que se halla en manifiesta rebelión. Me glorio, señor, de que resista. Tres millones de habitantes que indiferentes á los impulsos de la libertad se sometiesen voluntariamente, serían después los instrumentos más adecuados para imponer cadenas a todo el resto.”

Las relaciones políticas que tuvo Mina durante su residencia en Londres y los auxilios que recibió de muchos americanos , originarios de México y de los países de la América Meridional, le permitieron salir de Liverpool el 15 de mayo de 1816, abordo de un bergantín fletado por su cuenta, acompañado del padre Mier y de veintidós oficiales españoles, italianos e ingleses, siendo su propósito dirigirse a los Estados Unidos de América, donde reforzaría su expedición y acordaría con don José Manuel de HeiTera, plenipotenciario del Congreso mexicano.

A quien pensaba hallar en Washington o en Baltimore, la manera de dirigirla hacia el puerto de Boquilla de Piedras y de ponerse en comunicación con el mismo Congreso, el que, según las noticias recibidas por Mina al abandonar las playas de Inglaterra , debía residir en Tehuacán.

Durante la travesía hubo de sufrir el jefe de la expedición la indisciplina de cuatro oficiales españoles, quienes al desembarcar en Norfolk (Virginia) el 30 de junio, marcharon á presentarse a don Luis de Onís, ministro de España en los Estados Unidos, y le informaron del plan y propósitos de Mina: el ministro pidió al gobierno de esa república que impidiese la proyectada expedición, pero a pretexto de no ser bastantes los datos en que apoyaba su demanda y de que no había ley que ‘prohibiese la exportación de municiones y pertrechos, no se dictó ninguna providencia y Mina pudo dedicarse a sus preparativos libremente.

No fueron tan encubiertos los que hizo en Inglaterra, que el gobierno de Fernando no recelara el golpe dispuesto contra su autoridad en los dominios de América.

Desde octubre de 1814, apenas llegado Mina a la capital del Reino Unido, ya el ministro Laidizábal había dirigido circulares a los comandantes de los puertos de México indicando la sospecha que se tenía de que Mina pasara a alguno de ellos , y prevenía que en tal caso se le aprehendiese y mandase a disposición del rey.

Don José de Quevedo, gobernador de Veracruz, recibió esta prevención directamente, porque el ministerio quiso evitar la dilación y el peligro de que se interceptase en el camino de México á ese puerto, comunicándola por conducto del virrey, y en 31 de diciembre del mismo año (1814) aquel funcionario avisaba a Calleja, virrey a la sazón, que había dictado todas las providencias precautorias en los puertos de la provincia de su mando

 

 

 

Publicado por:

Diario Masónico

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