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Por Juan José MORALES RUIZ

Fuente: Hispanova

Durante el reinado de Fernando VII se desarrolló un intenso combate contra la “incipiente” Masonería española.

El régimen absolutista fernandino se orientó de una manera decidida contra el constitucionalismo, el liberalismo y la masonería. Al mismo tiempo que desaparecían las logias creadas por militares franceses al abandonar el territorio español, se cerraron las que habían constituido la primera Gran Logia Nacional de España.

Este movimiento represivo se acentuó a partir de enero de 1815, en que restablecida la Inquisición, un edicto de Fernando VII prohibía y condenaba la masonería.

Y a este edicto siguieron múltiples disposiciones legales antimasó­nicas. La policía y la Inquisición colaboraban estrechamente en la persecución contra los masones. Algunos de éstos se presentaron voluntariamente ante el Santo Oficio, otros fueron denunciados, y todos los que pudieron emprendieron el exilio. Así pues se puede afirmar que hasta el “Trienio liberal” no se registraron, apenas, actividades masónicas.

En este sentido el profesor José Antonio Ferrer Benimeli se refiere únicamente a la existen­cia de dos logias clandestinas. Una en La Coruña ,- “Los Amigos del Orden” -, y otra en Santa Cruz de Tenerife ,- “Los Comendado­res del Teyde” -, ambas dependientes del “Gran Oriente de Francia“.

Con el pronunciamiento de Riego se restablecieron las libertades políticas y de nuevo recobró vigencia la masonería española. Durante el Trienio Liberal, funcionaron en España cuatro logias, una en Madrid ,- “Los Amigos Reunidos de la Virtud“, dependiente del “Grande Oriente de Francia” -, otra en Rubí  y dos en Cádiz, una de estas ,- “La Esperanza” -, bajo los auspicios de “La Gran Logia Unida de Inglaterra“.

En 1821, se fundó en Madrid “La Sociedad de Caballeros Comuneros“, con la intención de reformar la masonería española a la que se acusaba de depender excesivamente de las organizaciones masónicas extranjeras.

Ese mismo año se creó, también, en Madrid, una tercera sociedad, “Los Carbonarios“, integrada asimismo por los liberales exaltados, que terminaría colaborando con “Los Comuneros“, a pesar de que unos y otros siguieron manteniendo sus ritos propios.

Los masones como, también, los liberales debieron emprender el duro camino del exilio, cuando en 1824 Fernando VII logró derribar el régimen constitucional.

Desde ese año hasta la muerte de Fernando VII todo lo que no concordaba con el espíritu absolutista más acendrado fue duramente perseguido. En el exilio, masones, comuneros y carbonarios ahondaron todavía más sus divisiones y querellas.

En España, mientras tanto, abundaron los escritos antimasónicos y se obligaba a todos aquellos que deseaban ejercer un empleo público ,- fueran militares o civiles -, a realizar una declaración bajo juramento de no haber pertenecido a ninguna logia o asociación secreta.

El desconcierto y la debilidad hizo que la mayoría de las logias españolas existentes acudieran en demanda de auxilio a los Grandes Orientes extranjeros. La mayor parte se anexionaron al “Grande Oriente Lusitano Unido“; otras al “Grande Oriente de Francia“, al “Grande Oriente de Italia“, y, las menos, a la “Gran Logia de Inglaterra“, y al “Grande Oriente de Bélgica“.

Esta situación de ilegalidad y persecución que prácticamente duraba desde la llegada de Fernando VII a España ,- salvo el breve periodo del trienio liberal (1820-1823) -, hace que resulte bastante difícil reconstruir la historia de la masone­ría española de esta época.

Publicado por:

Diario Masónico

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Edición nº 4 de los “Cuadernos de la Logia Redención nº 167”

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