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DRUIDAS: ¿BRUJOS O CASTA INTELECTUAL?

 

 

A pesar de las referencias a los druidas en escritos griegos y latinos, o las tradiciones que fueron recogidas en la literatura celta, estamos lejos de tener un conocimiento profundo sobre los Druidas, quienes han sido considerados por no pocos eruditos como el “espíritu del mundo Celta”.

Es verdad que poseemos unas cuantas fuentes griegas respetuosas con ellos, pero el grueso de las observaciones clásicas es propaganda anti-celta proveniente del Imperio Romano quienes veían a los Druidas como sacerdotes estrafalarios y bárbaros que se entregaban a los más horrendos sacrificios humanos en busca de augurios en las entrañas de la víctima.

Otras fuentes, sin embargo, nos los describen como místicos, figuras patriarcales representados, en términos generales, con largas túnicas y barbas blancas, que adoraban la naturaleza, en particular a los árboles y que se congregaban en círculos de piedra para llevar a cabo sus ritos religiosos por medio de los cuales dominaban la magia y la adivinación. Esta imagen, muy popularizada, se inmortalizó en la figura de Merlín de la saga artúrica, convirtiéndose en el arquetipo por excelencia de la figura del Druida.

Hoy día, investigaciones arqueológicas unidas a detallados estudios de profesores como Peter Berresford, Manuel Alberro, Fraçoise Le Roux, o algunos relatos de autores de la antigüedad, nos dan buena muestra de que, ciertamente, los Druidas fueron la casta intelectual de la antigua sociedad celta.

Desde el siglo IV a.C, autores griegos utilizaron el término de “filósofos” para referirse a los Druidas de la Galia, dándoles de este modo el mismo estatus que tenían los “magos” para los persas. En esta época, el término Druida ya se conocía en ambas orillas del Mediterráneo y servía para referirse a “aquellos que mejor ven y perciben lo que vendrá”.

En Grecia se comparaba a los Druidas con los pitagóricos y es que, ambos grupos conformaban, en cierto modo, sectas cerradas y elitistas, que cultivaban el secretismo y prohibían poner por escrito sus enseñanzas que eran trasmitidas oralmente. Druidas y Pitagóricos compartían el gusto por el estudio del universo y los números y ambas escuelas practicaban una filosofía cuyo objetivo era lograr que las relaciones entre los hombres fueran más armoniosas.

Otro de los aspectos en el que coinciden observadores pre-cristianos, latinos y griegos es que los Druidas fueron magníficos astrónomos. Se sabe que crearon un calendario basado en el doble recorrido del sol y de la luna a partir de una constante observación de los astros durante siglos, una práctica que los familiarizó primero con el cálculo, luego con la geometría y por último con las ciencias en general.

Todos estos conocimientos hicieron que, en un mundo dominado por élites aristocráticas ocupadas en la guerra, fuesen considerados los Druidas como auténticos guardianes de sabiduría y merecedores del más absoluto respeto.

En el exhaustivo trabajo del historiador Berresford, se describe a los Druidas como una verdadera “casta intelectua”l que integraba a médicos, a jueces a poetas y músicos y a filósofos y los relatos del historiador y filósofo de la antigüedad Posidonio nos revelan que pusieron su talento al servicio del conocimiento en ámbitos muy variados y que estaban muy implicados en la vida política de su ciudad.

Esto último parece lógico si consideramos que eran los únicos que poseían los recursos intelectuales y técnicos suficientes para llevar a buen término negociaciones y redactar tratados.

Sin embargo, el extraordinario prestigió de los Druidas no duró eternamente. Su implicación en asuntos políticos, diplomáticos y judiciales acabó por hacerles perder su carisma espiritual ante sus compatriotas y la creciente influencia de Roma, haría el resto.

Los últimos Druidas auténticos, terminarían desapareciendo y los que reivindicaron este título, algunas décadas después, ya no serían sino adivinos o brujos de poca monta puesto que ninguno habría recibido la estricta educación oral que los aspirantes a Druida adquirían durante largo tiempo de inmenso conocimiento de sus mayores. Quizá sea este el aspecto que abrió la puerta a la leyenda.

María Perales, “En la línea del tiempo”

 

 

 

Publicado por:

María Perales

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