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Sal y azufre

 

 

 

Una vasija de sal y una de azufre se hallan además sobre la mesa; junto con el pan y el agua. Aunque la primera sea habitualmente conocida como condimento, su asociación simbólica con el segundo no deja de parecer algo extraña y misteriosa. ¿Qué significan, pues, estos dos nuevos elementos, esta nueva pareja hermética que se une a la anterior?

Se trata de un nuevo tema de meditación que se presenta al candidato; sobre los medios y elementos con los cuales debe prepararse para una nueva Vida alumbrada por la Verdad y hecha activa y fecunda con la práctica de la Virtud; a la que se refieren el Azufre y la Sal en su acepción más elevada.

Como tal; indica el primero la Energía Activa, que se hace la Fuerza Universal; el principio creador y la electricidad vital que producen y animan todo crecimiento, expansión; independencia e irradiación. Mientras la segunda es el principio atractivo que constituye el magnetismo vital; la fuerza conservadora y fecunda que inclina a la estabilidad y produce toda maduración, la capacidad asimilativa que tiende hacia la cristalización, el principio de resistencia y la reacción centrípeta que se opone a la acción activa de la fuerza centrífuga.

Así pues; de la misma manera que en el pan y el agua hemos visto los dos aspectos de la Sustancia cósmica y vital, en estos dos nuevos elementos tenemos los dos aspectos o polaridades de la Energía Universal, dirigido el primero de adentro hacia fuera; apareciendo exteriormente como derecho (o dextroso); y el segundo de afuera hacia adentro, manifestándose como izquierdo (o sinistrorso).

Son, respectivamente; rajas y tamas –los dos primeros gunas (o cualidades esenciales) de la filosofía india-; y el impulso activo que produce todo cambio y variación, y engendra en el hombre el entusiasmo y el amor a la actividad, el deseo y la pasión; y la tendencia pasiva hacia la inercia y estabilidad es enemiga de todo cambio y variación, produciendo en nuestro carácter firmeza y persistencia, y con su dominio en la mente, la ignorancia, la inconsciencia y el sentido de la materialidad; que nos atan a las necesidades y preocupaciones exteriores y los instintos destinados para proteger la vida en sus primeras etapas.

El primero nos impulsa constantemente hacia arriba y hacia delante, nos anima y nos ahínca en todos nuestros pasos, nos da el ardor, la iniciativa, el espíritu de conquista, la voluntad y capacidad de satisfacer nuestros deseos y conseguir el objeto de nuestras aspiraciones; pero nos da también la inquietud, la inconstancia y el amor de los cambios y novedades, la impulsividad que nos inclina hacia acciones inconsideradas, haciéndonos recoger frutos maduros y perder los mejores y más deseables resultados de nuestros esfuerzos.

El segundo es aquel que nos refrena y desalienta; nos hace recoger en nosotros mismos; da el temor y la reflexión y hace abrazar y establecer igualmente en el error y en la verdad, en los hábitos viciosos y virtuosos y nos hace fieles y perseverantes, firmes en nuestra voluntad y tenaces en nuestros esfuerzos; y nos da la capacidad de atraer aquello para lo cual estamos interiormente sintonizados con nuestros deseos, pensamientos, convicciones y aspiraciones.

Nos da la desilusión y el discernimiento; nos aleja de los cambios y de toda acción irreflexiva, pero también de todo progreso; esfuerzo y superación.

Son las dos columnas o tendencias que se hallan constantemente a nuestro lado; en cada uno de nuestros pasos sobre el camino de la existencia; y nuestra felicidad; paz y progreso efectivo estriban en nuestra capacidad de mantener en cada momento un justo y perfecto equilibrio entre estas tendencias opuestas.

Conservándonos a igual distancia de la una como de la otra; sin dejar que ninguna de las dos adquiera un predominio indebido sobre nosotros, sino que obren en perfecta armonía y nos dé cada cual sus mejores cualidades; el ardor irreflexivo y la paciencia iluminada, el entusiasmo perseverante y la serenidad inalterable; el esfuerzo vigilante y la firmeza incansable; que también simbolizan, sobre la pared del cuarto; el gallo y la clepsidra.

Lavagnini

Publicado por:

Diario Masónico

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Edición nº 4 de los “Cuadernos de la Logia Redención nº 167”

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