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El Gran Canciller

El Gran Canciller

 

 

 

Las palabras del Gran Canciller de la GLUI en la reunión de la Confederación Masónica Iberoamericana celebrada recientemente en Madrid y reproducidas, sin rubor alguno, en  «El Oriente», boletín semanal de la GLE, han causado cierto estupor en distintos ámbitos masónicos, por alguna desafortunada metáfora bélica empleada, pero sobre todo, por el reconocimiento implícito de que algo en la autodenominada «regularidad» masónica no está funcionando del todo bien. Con todo, el pasaje clave es el que alude a la masonería  «regular» como «concepto absoluto», porque muestra la perspectiva desde la que el Gran Canciller contempla la masonería.

Habría que recordar al Gran Canciller que Aristóteles ya nos enseñó que conocimiento viene por la experiencia, y que el hombre inteligente que trata de conocer, se introduce dentro de lo que observa de una manera «que le permita contemplar cómo su objeto de estudio tiene una serie de fondos, de horizontes, que van más allá de lo que es una lectura literal». El fundamentalismo nace de una posición hermenéutica, en su sentido clásico de interpretar los fenómenos y los textos, que consiste en tratar de ver solo lo que es presente a sí mismo, lo que aparece tal como está. Una lectura literal,sabemos muy bien a qué conduce. El sacralizar y absolutizar las formulas y los textos lleva a no entender que son productos de relaciones. Es decir, de cómo los grupos humanos, en este caso los masones, tratan de entender las cosas y comunicar lo que entienden.

Tanto es así que todo lo que llamamos masonería lo podríamos contemplar como un sistema de comunicación. De ahí la importancia de aprender a leer el universo simbólico masónico como nudos de relaciones, de encrucijadas. Y cómo estos eventos nos los expresan precisamente los símbolos. No entender esto, nos conduce a las lecturas literales, esencialistas, al «concepto absoluto» que refiere el Gran Canciller.

Ya en la escuelas alejandrinas comienzan a plantearse que los poemas de Homero hay que saberlos leer. No como si fueran el dictado de los dioses, sino como un universo simbólico que expresa cómo el hombre trata de acercarse a lo transcendente y a los otros hombres. Así Ulises es un símbolo del hombre que trata de encontrar a otros hombres. Sucedió en Alejandría dos�siglos antes de Cristo y pasará a una serie de escuelas rabínicas que llamarán sapienciales, que buscan la sabiduría, la sapiencia, que no viene sino con la experiencia por volver a un Aristóteles que comprendió muy bien lo que años antes Sócrates había dicho: que el conocimiento es una escalera sostenida por todo aquello que el hombre ve.

El Gran Canciller atribuye el declive de la masonería «regular» al ruido que las nuevas tecnologías introducen para la comprensión auténtica de las esencias de la masonería. Con su «concepto absoluto», irguiéndose como uno de los guardianes de las esencias, el Gran Canciller ni siquiera se plantea otras posibilidades. En realidad no puede, al encontrarse atrapado en la jaula dorada de su absoluta e incuestionable «verdad». Así arrincona los aspectos fácticos ofreciendo un esquema explicativo cíclico que no explica nada y que encuentra en  los «otros» el origen de todos los males. Un afuera que constituye, no ya en antagonista, sino en rival, en enemigo al que «dar la batalla». Un dibujo de la cuestión que, salvando las distancias, es el equivalente al que sostuvieron, entre otros, el nazismo o la Santa Inquisición. En definitiva el Gran Canciller representa una visión pobre, raquítica, de lo que puede ofrecer la masonería. Quizá este sea su problema.

Capitán Haddok

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