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EL RELATO MESOCRATICO DE O’HIGGINS Y LA MASONERÍA (3ª Parte)

 

 

LA INTERPRETACIÓN HISTORIOGRÁFICA DE O�HIGGINS.

La interpretación historiográfica de la figura de O’Higgins ha pasado por circunstancias azarosas y tendenciosas, que han buscado escamotear su rol, cuando no distorsionar su esencial trascendencia y legado. Por cierto, su distancia respecto de las clases dominantes, la ausencia de amigos poderosos, o la carencia de parientes relevantes que defendieran su legado, al decir de Heise y Feliú , contribuyeron a que la presencia histórica del Libertador no tuviera el reconocimiento inmediato de sus compatriotas y debiera permanecer condenado al ostracismo.

Patente fue bajo el régimen pelucón, nada más referencial de las ideas contracíclicas que caracterizaron los autoritarios gobiernos de ese periodo, que abjuró contra todo lo que representó la esencia del legado o’higginiano.

Por lo demás, como afirman los historiadores Heise y Feliú, quienes inician la historiografía nacional republicana no fueron adictos a la figura de O’Higgins, y quienes inician el análisis histórico de su obra fueron próximos a Carrera: Manuel José Gandarillas y Diego José Benavente. Ambos carreristas a ultranza y, el último de ellos, estrechamente vinculado al régimen de Portales.

Sin embargo, cuando se suponía que las ideas liberales pudieran haber impuesto la validación de la figura de O’Higgins, en la lucha contra el peluconismo y lo que ello significaba espiritual y políticamente, un elemento sería determinante en la postergación de esa continuidad histórica entre la inspiración de la independencia y la lucha contra los conservadores, y fue que uno de los protagonistas en esa generación fue José Miguel Carrera y Fontecilla, hijo del general homónimo que terminó confrontado a muerte con O’Higgins, luego del desastre de Rancagua.

Ello postergó por varios años el reconocimiento de la figura del Libertador en el ámbito de la conciencia histórica nacional. Pero, no podrían pasar muchos años. Poco a poco, el reconocimiento al autor de nuestra independencia y fundador de la nacionalidad comenzó a emerger a través de pequeños episodios, que fueron sumándose uno a uno. Y quienes comienzan a manifestarlo serán las expresiones más vitales de la clase media chilena, en el campo de la intelectualidad liberal decimonónica.

Efectivamente, quienes desarrollan el relato o’higginista en Chile, después de la desaparición de quienes fueron sus partidarios, son los intelectuales de la clase media. Es la emergente clase ilustrada, cuando ya ha transcurrido una buena parte del siglo XIX. Es la pequeña burguesía que comparte el drama de cuna de la historia o’higginiana, es decir, no provenir de la aristocracia o de la clase poseedora de raigambre colonial, muchas veces compartiendo la concepción ilegítima o la patriación improvisada.

Es la clase ilustrada que, aún en aquellos que tienen un origen aristocrático, establece una valoración distinta sobre la vinculación social. No nos olvidemos que el paradigma de ese pensamiento se produce en la novela “Martín Rivas” de Blest Gana, literariamente la expresión más notable del pensamiento liberal que fundará el gran relato mesocrático: no importa el origen de cuna, lo relevante es la capacidad del hombre de elevarse por sobre sus limitaciones sociales.

Así, todo el esfuerzo del relato de O’Higgins en nuestra historia nacional, ha descansado en los intelectuales de la clase media ilustrada, de ideas valóricamente liberales, laicistas y que presentan una controversial disposición contra los sectores conservadores y el patriciado nacional. Sus nombres son claramente identificables en el ejercicio de sus actividades de vida o profesionales, en su dedicación laboral: funcionarios del Estado, educadores, historiadores, ejercientes de profesiones liberales, etc.

Cuando las clases medias han tenido un retroceso en su influencia política, ello ha significado que la figura del Libertador comienza a diluirse en su protagonismo central en nuestro panteón republicano.

En ese contexto, hay autores como José Zamudio y Alejandro Witker, que han realizado un prolijo seguimiento de la bibliografía o’higginiana, y que nos permiten comprobar que el esfuerzo por poner a O’Higgins en el podio que la historia conservadora le había escamoteado, empieza a dimensionarse solo con el término del régimen pelucón, y que, después de la guerra civil de 1981, se retoma solo hacia los años 1930, correspondiendo esto último, en gran medida, a autores e intelectuales vinculados al movimiento mesocrático que se incuba con fuerza a partir de la década anterior.

EL PRIMER HITO DEL RELATO MESOCRÁTICO DE O’HIGGINS.

Sin embargo, ese esfuerzo tendrá “como siempre ocurre ” un primer hito, anterior al propio proceso a que hacemos mención, y que pone la piedra angular de todo relato histórico y de toda interpretación historiográfica.

En 1819, en Londres, se publicaba un documento impreso por iniciativa del representante del gobierno chileno en esa capital, Antonio José de Irisarri, bajo el título de “Carta al Observador en Londres o Impugnación a las falsedades que se divulgan contra América” . El libro era una respuesta contra la campaña desatada en Inglaterra por la embajada de España, que publicó un periódico con el nombre de El Observador, para contrarrestar la influencia de los americanos y sus simpatizantes ingleses.

La impugnación fue firmada por el guatemalteco Irrisarri, fue elaborada por este mismo con la colaboración del argentino Francisco Rivas y el venezolano Andrés Bello. Sus argumentos y su identificación estaban claramente en la calificación de “americanos”. Uno de sus elementos característicos, es que sus autores están relacionados directamente con la Logia“Caballeros Racionales” Nº 7 y con la Logia “Lautaro”, la primera que funcionara en Londres, y la segunda que funcionó en Argentina y Chile. Bello con la primera e Irisarri con la segunda. El guatemalteco incluso colaboró activamente con Camilo Henríquez en la redacción y publicación de “La Aurora de Chile”.

La Logia “Caballeros Racionales” Nº 7 había sido fundada durante el paso de Alvear y San Martín, por Londres, en 1811, y había nacido de la “Caballeros Racionales” Nº 3. En la Nº 7 también había participado Francisco Antonio Pinto, quien tendría luego un lugar destacado como líder pipiolo o liberal en Chile.

La particularidad de este libro de refutación a la campaña anti-americanista de la legación española, que contenía diversos capítulos donde se respondían las afirmaciones sostenidas por El Observador, es que contenía la primera biografía conocida del O’Higgins. El libro contiene dos “Noticias biográficas”, en el mismo orden: la de Bolívar y la de nuestro Padre de la Patria. La segunda abarcaba desde la página 162 a la 189, y tenía por título: “Noticias biográficas del general Don Bernardo O’Higgins”.

Su texto completo está publicado en el libro “Andrés Bello y la primera biografía de O’Higgins”, de Alamiro de Ávila Martel, publicado por la Universidad de Chile, en el bicentenario del natalicio del Libertador. Ese investigador sostiene la tesis de que esta biografía fue obra de Andrés Bello, así como la correspondiente a Bolívar.

El relato biográfico mencionado parte desde su nacimiento y culmina con la promulgación de la Constitución de 1818. Abarca de manera suscita todos los eventos significativos del gobernante chileno, y destaca sus virtudes de líder y patriota ejemplar.

En su lectura hay componentes claramente fundantes del pensamiento mesocrático chileno, que, a su vez, van a ser con el tiempo personificados en O’Higgins de manera determinante. En primer lugar, la obra biográfica tiene un impecable y significativo perfil laico. En segundo lugar, la figura de O’Higgins es resaltada por sus propios méritos y no por su filiación o descendencia. No hay exaltación alguna a su condición social. En otro ámbito de consideraciones, quienes actúan en la elaboración de la biografía, no devienen de una raigambre aristocrática, sino que esencialmente corresponden a la clase media emergente: personas que por sus capacidades intelectuales, por su ilustración, adquieren un rol ascendente en las tareas del emergente Estado chileno.

De tal modo que, este primer hito biográfico del cual se tiene testimonio, puede considerarse no solo el primer abordaje biográfico, sino también el primer antecedente de la construcción del relato mesocrático sobre O’Higgins. Podría competirle probablemente el “Elogio a O’Higgins” del joven patriota José Miguel de la Barra, contemporáneo al trabajo publicado en Londres, sin embargo, como sostiene Alamiro de Ávila, este documento se encuentra extraviado, y no ha sido posible encontrar su texto.

LA REIVINDICACIÓN MESOCRÁTICA DE O’HIGGINS EN EL SIGLO XIX.

La reivindicación de la figura de O’Higgins, comienza con el esfuerzo por su repatriación, a través de representantes mesocráticos de la clase política del siglo XIX.

Así, uno de los primeros datos a destacar, es el protagonizado por Luis F. Puelma , miembro de una de las familias de profundas convicciones liberales del siglo XIX, que, al producirse la repatriación de los restos del exiliado general, publica una reseña histórica y política que afronta el desafío biográfico, manteniendo las características típicas del fundante relato mesocrático, donde se advierte la clara connotación laica y la nota emancipatoria social, puesta en evidencia por aquel que se eleva desde sus carencias hacia una condición superior por medio del esfuerzo y el trabajo.

Así, la reseña de Puelma, no duda en destacar el esforzado origen de Ambrosio O’Higgins, quien expresa el autor -, “debía su alta posición únicamente a su talento i a los favores de la fortuna”, y más adelante agrega, refiriéndose a la gestión gubernamental realizada por este, y poniendo en evidencia su crítica hacia la aristocracia criolla: -“los enemigos de su padre no perdonaban a este su elevación”, agregando que el nivel de odiosidad en contra de Don Ambrosio era tal que incluso lo habían encausado ante la Inquisición. Ese rencor “de las principales familias de Santiago”, lo heredará su hijo.

Las consideraciones respecto a su gestión en el gobierno, que Puelma hace sin escatimo de admiración, se ponen en evidencia cuando analiza los eventos después del triunfo de Chacabuco: “La conducta del Director Supremo en estos momentos que se organizaba un nuevo gobierno, es digna de todo elogio. Se rodeó de hombres hábiles i patriotas decididos por la causa de la Independencia (…) O’Higgins supo portarse como era de desear en esta ocasión. Inspirado además por su Logia Lautarina, acabó de afianzar su poder, i en consecuencia se determinó a concluir con los últimos restos del poder español que se había ido a refugiar al sur de la República, bajo las órdenes de Ordoñez”

El retrato del prócer que Puelma nos pinta, está claramente en la misma modalidad que se plantea en la obra de Londres, donde hay una valoración al esfuerzo, a su ubicación social alejada de las rotundas fastuosidades y la gazmoñería de la aristocracia y las grandes familias, a la carencia de reivindicaciones tradicionales de familia, y una definitiva ausencia de un discurso de alcances religiosos que le dieran un sesgo particular en el ámbito de las creencias de su tiempo.

La publicación del libro, es el preámbulo del esfuerzo que la ya consolidada clase media chilena de la segunda mitad del siglo XIX, hace por reconocer la figura y el legado de O’Higgins. Ello implicaba hacer una afirmación histórica que se le había negado al General por ya tres generaciones: sus contemporáneos, los que nacieron tras su exilio, y los que nacieron tras su muerte.

Quienes reciben los despojos del Libertador en honrosas reivindicaciones oratorias, son expresiones de lo más significativo de la mesocracia que ya juega un rol significativo en la estructuración social y el desarrollo de la economía, la política y la sociedad nacional, a saber: Andrés Rojas, procurador de Valparaíso; Mariano Egaña, profesor de liceo; Adolfo Ibañez, juez letrado en lo civil; Jacinto Chacón, licenciado en leyes. Quienes podrían aparecer como figuras mas relevantes, no dejan de pertenecer tampoco a la condición mesosocial en razón a su rol: Juan Williams Rebolledo, comandante de la Escuadra, agnóstico, ligado estrechamente a los sectores liberales, y el vicario foráneo Mariano Casanova, el cura que siendo estudiante fue becado en el Instituto Nacional, desde donde comenzó a vincularse con los liberales librepensadores.

En tanto, quienes asumen la laudatoria reivindicación en Santiago, cuando los restos son depositados en el mausoleo donado por su hijo Demetrio, son también exponentes de esa misma raigambre social: Francisco Echaurren, político liberal y Ministro de Guerra; Álvaro Covarrubias, abogado y político liberal, Presidente del Senado; Francisco Vargas Fontecilla, abogado y político liberal, Presidente de la Cámara de Diputados; Manuel Blanco Encalada, senador y retirado vicealmirante de la Armada; el coronel Víctor Borgoño, liberal; y el decano de la facultad de Humanidades de la Universidad de Chile, Diego Barros Arana.
El discurso de Barros Arana es recogido por Echaurren, posteriormente, y es una pieza que recoge todos los elementos del acervo liberal, laicista y mesocrático, que se incubará por más de un siglo en la sociedad chilena.

En 1872, se produce uno de los homenajes laudatorios a la figura de O’Higgins, que estaban más allá de la particularidad del retorno de sus restos, y lo realizó Francisco Echaurren, figura laicista de Valparaíso y un típico exponente de las clases medias, quien realizó una recopilación de documentos y antecedentes relativos al Padre de la Patria, en una publicación que se titularía “La corona del héroe” , preámbulo de lo que serán las celebraciones del centenario del natalicio o’higginiano.

El relato de Echaurren, ex Ministro liberal, da cuenta de las discusiones parlamentarias que entraban la posibilidad de repatriación de los restos del Libertador, en 1844 y 1864, como se establece el debate en 1868, y describe con detalles el proceso de traslado de sus restos a Chile. Al producirse el centenario del Natalicio, en 1876, Echaurren hará de Valparaíso uno de los lugares en que se exaltará la figura del Libertador como nunca se había hecho anteriormente.

Sin embargo, en ningún lugar del país, aquel centenario tuvo tanta envergadura como en Copiapó.

De alguna manera, quien desencadena el proceso laudatorio es Diego Barros Arana, quien, en el mes de abril de 1876, propone en “La Revista Chilena” que sea celebrado el centenario, tan solo a cuatro meses del 20 de agosto, en que se cumpliría esa conmemoración. En distintos lugares del país la propuesta fue acogida por personeros del mundo laicista y liberal, pero en ninguna parte como en la entonces capital minera de Chile.

Los preparativos y realización de las celebraciones están recogidas en una publicación llamada precisamente “El Centenario de O’Higgins”, cuyo autor es Valentín Letelier, editado por la Imprenta de Atacama, en Copiapó, en 1876.

Letelier cuenta que el Intendente de la provincia, el destacado y prestigiado masón Guillermo Matta, se puso entusiastamente a la cabeza de las actividades conmemorativas, a través de una comisión municipal, creada para el efecto.

Esta comisión generó las siguientes subcomisiones: de arbitrios, música y canto, arreglo y ornamentación, y oradores. Esta última quedó preliminarmente formada por José M. Grove, Enrique Salazar, Manuel A. Romo, Valentín Letelier y otros que se agregaron posteriormente. Letelier cuenta que, a partir de ese momento, “desde ese día, una gran parte de la juventud copiapina, esto es, aquella que componía las subcomisiones, se consagró si no del todo, a lo menos preferentemente, a dar el mayor esplendor a las fiestas del Natalicio”.

Las actividades comenzaron el 17 de agosto de 1876, con una conferencia sobre el Padre de la Patria, en que intervienen distinguidos exponentes de la intelectualidad de la provincia. Estas culminan el 20 de agosto con una gran celebración presidida por el Intendente Matta, y con la presencia del gobernador de Caldera y las autoridades municipales de Copiapó. Entre los más activos protagonistas se mencionan a la Sociedad de Artesanos, el Club de Obreros, el gremio de comerciantes, las Compañías de Bomberos, los profesores del Liceo, los estudiantes, el Club Atacama (sede masónica) y las logias masónicas.

Se sucedieron una larga lista de oradores, entre los cuales, está la intervención del Intendente Guillermo Matta, quien expresaría que “habían acudido a aquel sitio todos los hombres de progreso, a fin de levantar solemnemente el templo de las ciencias que redime (…) y que aquel edificio (…) quedaría bajo la advocación del Padre de la Patria, don Bernardo O’Higgins, y bajo el patrocinio de todos los hombres de libertad”. No puede obviarse el hecho que sus alcances tienen claramente el tinte del contenido masónico, laicista y liberal característicos del siglo XIX, y del estado espiritual de la mesocracia y el republicanismo.

Ese día se puso la primera piedra de la escuela Bernardo O’Higgins y se inauguró el busto en bronce, segundo monumento recordatorio del país, en el paseo Juan Godoy de la ciudad. El busto provocaría más de algún escozor en sectores conservadores y clericales. Frente a ello, Letelier hace un alcance que no puede dejar de ser relevante desde el punto de vista de la tradición masónica chilena: “Es de notar que durante estas fiestas, la reducidísima fracción clerical ha hecho el papel de espectadora, y en una ocasión en que uno de sus miembros, el presbítero Don Juan G. Carter levantó su voz en el (periódico) Amigo del Pueblo, fue para asegurar que el busto a que se hace referencia (el inaugurado) no pasaba de ser una olla con charreteras encontrada en un gallinero”.

Los actos terminaron con varios banquetes organizados por el Batallón Cívico, los bomberos y los comerciantes de la ciudad, luego de haber movilizado a la gran mayoría de la ciudad en torno a los eventos realizados.

 

 

Publicado por:

Diario Masónico

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