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El concepto de Gran Arquitecto del Universo en la masonería escocesa


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EL CONCEPTO DE GRAN ARQUITECTO EN LA MASONERÍA ESCOCESA

 

 

 

Un H.·. de este Taller me hizo entrega hace unos días de una plancha, escrita en el año 2000 y titulada como esta, de un H.·. de Canarias para según manifestó: “supiera donde estaba y no me equivocara”. No es objeto de esta plancha el detallar y analizar aquella sino el poner negro sobre blanco algunas reflexiones personales de este M.·.M.·. al calor de la cuestión del Gran Arquitecto en la masonería escocesa.

Hace algunos meses asistí a la conferencia de un historiador en la que al hilo de otras cuestiones afirmó al referirse momentáneamente a la masonería, que los masones en el siglo XVIII eran la gente de ideas más avanzadas de la época, la vanguardia del pensamiento social en ese momento. Esto me llevó a preguntarme entonces porqué tenía la sensación de que no es así en el siglo XXI.

He oído incluso a HH.·. afirmar que los objetivos que se plantearon en otras épocas como la democracia o los derechos humanos, entre otros, ya se habían logrado y que por tanto en ese sentido había poco que hacer ya. Bajo mi punto de vista afirmar esto es tanto como decir que la obra de la masonería en el perfeccionamiento material y moral de la humanidad esta concluida, terminada, acabada. ¿Y es por tanto esta obra justa y perfecta?

Según la F.A.O., la agencia de las Naciones Unidas para los alimentos, cada seis segundos muere un niño de hambre en el planeta. Cada seis.

Se han pedido 40.000 millones de dólares, para los próximos años, a fin de paliar esta lacra, un 3% de lo que se ha destinado a salvar bancos, un 10% de lo que este año se cobrará en bonus y primas en Walt Street. Solo se han reunido 18.000. Afirmar esto puede que sea demagógico pero también es aritmética elemental. Es así.

Deberíamos preguntarnos, por ejemplo, porqué el triunfo de la democracia está suponiendo paradójicamente el fin de los sistemas representativos, o al menos la crisis de la representación. Así el político ya solo habla por sí mismo, solo se representa a sí mismo. Los representados ya no se estiman como tales, no estando implicados por la adhesión sino por la emoción, en una sociedad que habla mucho de partidos y muy poco de política.

Habría que considerar que nuestros rituales, basados en una tradición anterior, se elaboraron en una época muy concreta de la historia y estando sus principios fundamentales y básicos vigentes, los H.·.H.·. que los elaboraron no podían prever como iba a ser el mundo del siglo XXI. Es por ello que nos compete y es nuestra responsabilidad el releer, repensar, reinterpretar y en su caso reelaborar los rituales a la luz de los conocimientos y la realidad del siglo XXI. En otro caso estaríamos haciendo de ellos dogma.

Hemos de ser capaces de tomar distancia y contemplar la realidad con objetividad y no solo en base a nuestro propio prejuicio, estableciéndolo como “verdadero” o con un sentido único y sin interpretación alternativa¨. La historia nos ilustra con casos como el del decano de la Universidad de Wuzburgo, Johannes Beringer, el cual coleccionaba fósiles, a los que consideraba una especie de pasatiempos de Dios, como los restos de las pruebas o moldes del Creador. Un par de colegas, un profesor y un bibliotecario, irritados por el despotismo con que los trataba, decidieron fabricarle fósiles para que él los encontrara. Y así encontró fósiles con escritura cuneiforme, aves con cabeza de pez, estrellas y las maravillosas lapides litterati: ¡fósiles con inscripciones en caracteres hebreos! y en algunas de ellas podía leerse incluso el nombre de Jehová. Un afortunado espaldarazo a su teoría y algo que como Dios debía conocer el hebreo, no le extrañó lo más mínimo. Incluso encontró uno con su propio nombre escrito y rindiéndose ante semejante homenaje del Creador escribió un sesudo tratado sobre sus hallazgos la “Lithographiae Wincerburgensis” en 1726. Sus colegas anunciaron que habían sido ellos los que habían elaborado las falsificaciones, pero Beringer entonces decidió denunciarles no por haberle engañado sino por afirmar que escribía falsedades.

La triste historia de Beringer, que acabó sus días tratando de comprar y recuperar todos los ejemplares de su tratado, debe hacernos ver que todo el universo de símbolos en nuestras Logias, todos y cada uno de ellos, pueden ser reinterpretados, alumbrados, a la luz de los nuevos conocimientos, de las nuevas perspectivas; lo que en algunos casos ahondará y profundizará en los sentidos tradicionales mostrándonos facetas nuevas de los mismos y en otros llevará a reinterpretarlos dándoles un sentido completamente distinto y no necesariamente único. La riqueza de nuestra simbología radica en que se manifieste como algo dinámico y vivo y no como algo muerto y fosilizado que se deba contemplar como un museo.

El mundo está lleno de chapuzas, de errores y de malos diseños y no solo en el aspecto social como se ejemplifica al principio de esta plancha, y que podrían atribuirse exclusivamente al Hombre, sino que la idea de un mundo natural perfecto e idílico se muestra falsa a poco que lo analicemos. Esta idea del diseño inteligente de un Supremo Hacedor es muy propia del folklorismo y romanticismo del siglo XIX como en el “Cándido” de Voltaire y perdura hasta nuestros días en la cultura popular y en libros como “A Dios por la Ciencia” de Jesús Simón y más recientemente en el Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica: “295 Creemos que Dios creó el mundo según su sabiduría (cf. Sb 9,9). Este no es producto de una necesidad cualquiera, de un destino ciego o del azar. Creemos que procede de la voluntad libre de Dios que ha querido hacer participar a las criaturas de su ser, de su sabiduría y de su bondad.”, pero no se corresponde con la realidad. Por ejemplo en el caso de la hemofilia, la enfermedad la causa un gen recesivo en el cromosoma X y afecta por tanto sobre todo a varones. Cualquier estudiante de biología sería capaz de realizar un diseño que como mínimo redujera la tasa de hemofilia en los varones al nivel que tiene en las mujeres, colocando el gen en otro cromosoma diferente e incluso allí donde no hiciera daño. Aquí no se puede hablar de un diseño inteligente sino mas bien un diseño incompetente. Se consiguió averiguar que era el factor 8 de la coagulación el clave en la enfermedad e inyectando el mismo a los enfermos se controla la misma. Pero entonces llega el SIDA, no se conocía la transmisión vía sanguínea de la enfermedad, que masacra a los pobres hemofílicos que no tenían culpa alguna. Y esto sería mas bien un diseño malvado. El diseño inteligente es el del ser humano que sintetiza el factor 8 de la coagulación en bacterias libres de SIDA para inyectarlo a los hemofílicos.

Lo “malvado” es la naturaleza y somos los seres humanos los que hacemos el diseño inteligente. Esta idea la expresa Francisco Ayala cuando afirma que “un mundo tan imperfecto no puede ser obra de Dios”. Él que se declara creyente no concibe a un Dios personal tan incompetente a la hora de crear, y por tanto para él Dios no es el creador, el arquitecto diríamos nosotros, del universo.

La otra postura tradicional, frente al llamado teismo que cree en un Dios personal creador revelado, es la creencia en una potencia por encima del hombre, creadora y generadora de todo pero rechazando toda revelación y dogma al no poder conocerse la misma. Es el llamado deismo.

Sin embargo esta potencia creadora, sí se conoce, se denomina evolución y su funcionamiento tanto en lo físico como en lo biológico se desentraña desde hace algunos siglos. Una evolución que no está, ni estaba, dirigida al Hombre como fin; sino que nos ha creado por mero azar y no inevitablemente como se suele pensar, como los supervivientes de una multitud de experimentos evolutivos fallidos. Nos consideramos un orden diferente al de los otros primates por el mero hecho de que somos nosotros los que hacemos la clasificación, si alguien la hiciera por nosotros no nos colocaría aparte.

Y ni siquiera se sitúa por encima del Hombre, ya que desde que el primer homínido se irguió y alzó su cabeza para otear por encima de los herbazales del África Oriental, el Hombre ha manipulado, transformado y seleccionado su entorno. Casi nada de, por ejemplo, lo que comemos se presenta en su estado natural: los tomates eran amarillos y su color rojo actual es una mutación que fue seleccionada probablemente porque tenían mejor venta: Las zanahorias eran blancas y no de color naranja como las actuales, también seleccionadas por el Hombre. Desde que se domesticó al lobo hemos creado multitud de razas de perros para diversos usos seleccionando determinadas características que nos han interesado de forma específica: su agresividad o docilidad, su capacidad para controlar un rebaño o su fuerza para el tiro, etc. Continuamente estamos creando y sintetizando nuevos materiales que seleccionamos o no según sus propiedades y aplicaciones.

Me parece estéril y superado por la historia el debate y la distinción entre deistas y teistas, cuando en definitiva es el ser humano el verdadero Arquitecto del Universo. Ya lo estamos modelando, cambiando, transformando y creando y no solo en un sentido de nuevas manifestaciones culturales simbólicas. La asunción de un principio creador se corresponde, en gran medida, con una visión conservadora: “las cosas son así y no se pueden cambiar” oímos muchas veces, lo que por otro lado, desde el punto de vista de la acción individual es casi siempre cierto. Sin embargo lo trágico y lo maravilloso de la vida es que todo cambia, todo evoluciona.

Así contemplado el Gran Arquitecto del Universo no sería principio sino fin o meta. La aspiración de la humanidad de perfeccionar su obra, de superar las desigualdades entendidas como las diferencias en el acceso a los recursos para la supervivencia, en un entorno sostenible, con libertad real y no meramente nominal y con la fraternidad que sirva de mediadora entre las distintas concepciones. Una obra que la Belleza armonice y equilibre, sostenida por la Fuerza de la ética y en la que la ciencia y el conocimiento nos acerquen a la Sabiduría, convirtiendo a la Humanidad, idealmente, en el Gran Arquitecto del Universo o al menos del trozo del mismo en el que nos desenvolvemos. Es nuestra tarea, es nuestra responsabilidad. Pongámonos a ello.

Publicado por:

Diario Masónico

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