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El viaje iniciático en la masonería

 

 

 

 

 

Andrés Z. R.L.S. Constante Alona

Según la fuente de información más usada de la actualidad, la Wikipedia, un viaje iniciático es una situación momentánea de gran “hostilidad” que promueve en quien la “padece” un cambio en su personalidad al ser “consciente” de sí mismo.

De entrada, cabe mencionar aquí el mito del héroe. Dicho mito agrupa varios elementos, a manera de historia, que se van dando de forma tal que permitirán que un ser humano, que en principio era solo potencial, note un cambio profundo al enfrentarse a una serie de eventos; así, estos le van a enseñar, además de aspectos del mundo externo, cualidades y características que yacían en su interior y que él mismo desconocía. El mejor de lo ejemplos que se me ocurren, para entender lo que escribo, es Hércules, o Heracles.

Podemos decir que existen varias formas para hacer uso de esta herramienta llamada “viaje iniciático”, y con ella poder despertar esas “capacidades” que permanecen escondidas —o reprimidas— en cada persona. Hay caminos de lo más variopinto: según gustos, según necesidades, según momentos de nuestra existencia, según nuestra vida en sí misma; y es aquí, para mi modo de pensar, donde cobra un inmenso valor en occidente la Francmasonería. Nuestra institución reúne las herramientas necesarias, desde su misma iniciación, para poder emprender un camino que nos ayude a percibir rasgos y aspectos de nuestro mundo, sobre todo el interior, que ayuden a plasmar un cambio en el mundo visible.

Todos los seres humanos tienen la oportunidad de emprender un camino que los va a marcar.

Aparecen aquí términos como sincronicidad y destino. Pero paso a referirme al camino, a ese camino “iniciático”. Por mi parte diré que iniciaciones hay muchas, tanto es así, que hay quienes dicen que toda nuestra vida es un “viaje iniciático”. Sin embargo, cuando hablamos de una “auténtica” iniciación existe una característica fundamental que no puede faltar: el ritual. Este ritual tiene que ser una herramienta capaz de remover aspectos psicológicos de una persona, y esto se traduce en la utilización de símbolos.

Solo así se puede conseguir extraer a la consciencia aspectos que, en la mayoría de nosotros, habían permanecido reprimidos por largo tiempo. Antes he mencionado a la vida entera, pues con razón entonces se habla del “ritual de amor”, “el ritual del matrimonio”, “el ritual para los difuntos”. Todos estos momentos no pasan desapercibidos en nuestra memoria. Entiendo de ese modo que puede llegar a tal punto de conmoción dicha iniciación que, al término de la misma —se decía en muchas culturas del pasado—, se daba lugar el nacimiento de un nuevo ser. Es así, un ritual iniciático conlleva un “ver la luz” (alumbramiento) y para nosotros, los seres humanos, y con mayor razón en los que elegimos la francmasonería como camino, este nuevo nacer sucede a un evento de igual o quizá de mayor magnitud y significado: la muerte.

Profundizar en esto último, la muerte, es emocionante por varios motivos.

Tal vez pueda destacar el hecho mismo de que en la sociedad en la que vivimos existe la idea generalizada de que la muerte es algo malo, algo que a toda costa debemos evitar con deporte, medicina, una correcta nutrición, etc. Tal es la antipatía que tenemos ante la muerte, ante la enfermedad, ante el cambio, que preferimos, como se suele decir, el mal conocido que el bien por conocer. Y es que somos humanos, somos el producto de nuestra historia y así es como hemos venido a nuestros días, desprovistos del conocimiento necesario para emprender esta etapa que nos pide, desde mi punto de vista, tan solo una cosa: vivir el momento (carpe diem).

Pero nuestra psique actúa cual barrera protectora que impide, a cualquier precio, que se nos derrumbe el “castillo de naipes” que llamamos realidad.

Pensar que existe algo más que lo que llanamente perciben nuestros cinco sentidos, trasladándonos a nuestros tiempos, es algo tomado como estafa, bulo, cuento, o como algo que tan solo existe en lo que llamamos imaginación.

Algo desprovisto de cualquier valor material, pues no estamos acostumbrados a darle valor a lo que no podemos percibir, ni a lo que no podemos comprobar bajo los parámetros actuales de la ciencia. Además, y con justa razón, cuando cada uno de nosotros, para poder sobrevivir en esta sociedad, nos hacemos con un papel dentro de ella, puede llegar un punto en el cual olvidemos donde quedó la diferencia entre dicho papel que jugamos, como médicos, abogados, deportistas, etc., y nuestro verdadero yo. Se nos exige, pues, que seamos quienes merecen respeto y admiración, a cambio de ocultar —o lo más peligroso: suprimir— una parte de nosotros que, tal vez, contenga las respuestas que nos pueden llevar a ser seres humanos más completos, con todo lo que ello puede significar.

Dentro de esta aventura iniciática, como requisito imprescindible, está la predisposición para dejar atrás viejas costumbres, vicios, pasiones, que de alguna manera causaban un entorpecer en nuestro proceso evolutivo de consciencia.

Todo esto, según mi opinión, tiene un punto de partida: nuestra curiosidad. Pero sigo con “la muerte”, y es que dentro del simbolismo mismo de esta significativa etapa a la que todo ser vivo está enlazado desde que nace, me gustaría referirme a la carta “La muerte” del tarot, misma que, lejos de advertirnos de una muerte literal, nos transmite el mensaje de que algo va a dar inicio, existirá un cambio, una época de transición, el final de un ciclo y el nacimiento de otro. Como vemos, dicho mensaje queda muy lejos de traducirse en un final definitivo.

Así, el viaje iniciático cumple con su misión al instaurar en el recipiendario un estado nuevo, un punto de partida en el que nuevos conocimientos pueden ser asimilados.

Es, según muchos autores, un proceso que una vez hecho no tiene marcha atrás. Refiriéndonos a nuestra orden, por citar un ejemplo, una vez que un profano es iniciado, no vuelve a ser profano nunca; a lo sumo, nos referimos a los QQ:.HH:. que se alejan como los que están “en sueños”. En palabras del Q:.R:.H:. Aleister Crowley, una iniciación es como meter una vara en un avispero y agitarla fuertemente. La reflexión que queda es: ¿puede tranquilizarse ese avispero después de aquello?, ¿puede un ser humano iniciado volver a su vida anterior, sin ningún tipo de inquietud sobre este camino, sobre sí mismo? Desde luego, Crowley ajusta el avispero perfectamente en su parecido con nuestra psique.

Y mi viaje por esta plancha desemboca ahora en la Cámara de Reflexión, el lugar previo a la iniciación, donde el recipiendario, al igual que una semilla en lo más profundo de la tierra oscura, deja por escrito un testamento, un último mensaje de ese profano que está a punto de morir para el mundo, pero más importante: para sí mismo. La semilla, en definitiva, se despojará de todo lo superficial para empezar con el proceso que lo llevará a salir, y posteriormente, en contra de la gravedad, buscar el cielo para acercarse lo más que pueda a la luz que le permita convertirse en quién realmente es.

Y una vez dentro de lo que es la propia iniciación masónica, la impresión que tengo la podría expresar gracias al mito de Sísifo, aquel personaje condenado a empujar una enorme piedra hasta la cima de una montaña tan solo para que al llegar a la cumbre la piedra caiga al punto de partida y Sísifo baje a emprender otra vez toda la tarea.

Pero específicamente, me referiré al análisis que realiza Albert Camus de esta historia, donde se aprecia la idea de una lucha interna entre lo que puede apreciar nuestra razón con respecto a lo que se puede considerar una condena —la muerte— y lo que nuestro espíritu humano —el inconsciente— puede conseguir cuando permitimos que nuestra naturaleza innata se exprese.

Y bien, a manera de conclusión quisiera compartir la experiencia vivida en lo que considero mi último viaje iniciático, donde me adhiero a la corriente de pensamiento que ve en los arquetipos —moldes mitológicos colectivos que reúnen experiencias de todos los pueblos— una referencia clara de los momentos y etapas por las que tenemos que pasar. De esta manera, cuando viajamos a un país que no es el nuestro, de manera inocente podemos pensar que el mundo nos proveerá de lo necesario para sobrevivir, que tenemos todo lo que hace falta en preparación y conocimientos para “llegar y besar el santo”.

Pero, una vez in situ, confrontamos las condiciones reales que se presentan en el país que nos acoge; emerge entonces un sentimiento de orfandad, una especie de descenso que era llamado por los griegos: “katabasis”.

Esta primera etapa del proceso iniciático se manifiesta cuando perdemos nuestro estatus previo, una “cura de humildad”, al realizar, por ejemplo, trabajos que se encuentran muy por debajo de nuestro nivel de preparación académica o de nuestras expectativas. Se vienen abajo creencias que teníamos muy arraigadas, desencadenando un sentimiento de soledad y desvalimiento propio del arquetipo del huérfano. Esto nos brinda ya la oportunidad de explorarnos, de ver nuevas facetas con la esperanza de nutrirnos de ellas.

El proceso migratorio es, pues, siempre, un encuentro con la alteridad ajena, pero sobretodo con la propia. Pero el proceso no se detiene, porque después de la impotencia y la orfandad, de “la noche oscura del alma” emerge nuestro guerrero, quien reúne la fuerza necesaria para, con paciencia, perseverancia, aliados y enemigos, hacer frente a los obstáculos propios del viaje. Ojalá, QQ:.HH:., pueda plasmar como termina éste capítulo de mi viaje.

He dicho, V:.M:.

BIBLIOGRAFÍA:
– Wikipedia (viaje iniciático, muerte iniciática)
– Connie Zweig, ENCUENTRO CON LA SOMBRA
– Albert Camus, EL MITO DE SÍSIFO
– Sally Nichols, JUNG Y EL TAROT
– Aliester Crowley, MAGIAK

A.Z.,
C:.M:.

Publicado por:

Diario Masónico

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