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El uso del mandil en los documentos benedictinos

 

 

 

Los documentos de la Hermandad de la Piedra

Un antiguo parlamento es dedicado al recipiendario que acaba de ser iniciado en el momento en el que se le ciñe el mandil a la cintura:

“Querido Hermano recién iniciado: “

“Os entrego el mandil del Aprendiz masón, de cuero blanco, piel de cordero, símbolo de pureza y emblema de trabajo…”

“Más antiguo que el Vellocino de Oro y que el Águila romana, y más honorable que cualquier otra distinción conocida…”

“Con él se honraron los hombres más preclaros en todas las ramas del saber humano, honraos vos también llevándolo con dignidad cada vez que concurráis a las reuniones de vuestra logia…”

“Quizás en el futuro vuestra cabeza sea coronada con laureles de victoria, vuestro pecho luzca medallas dignas de un príncipe oriental, seas cubierto de deslumbrante púrpura y elevado a los más altos sitiales, pero nunca más en esta vida habréis de recibir de manos de otro hombre, un honor tan distinguido y emblemático de pureza y perfección como el que esta noche ceñimos en vuestra cintura…”

Que la blancura de su superficie os inspire constante pureza de pensamiento y nobleza de acción, y sea estímulo permanente para las más grandes hazañas y los más atrevidos ideales, de tal forma, que cuando vuestros cansados pies os conduzcan al término del penoso camino, y caigan de vuestras manos las herramientas de lucha, la historia de vuestra vida y de vuestras acciones sea tan blanca y tan pura como este mandil…”

Este bello texto, que ha sido escuchado la noche de su iniciación por miles de masones, expresa claramente el sentido alegórico de las herramientas, convertidas en símbolos que trasmiten un lenguaje esotérico. Pero, fundamentalmente, se refiere al significado del mandil “símbolo de pureza y emblema del trabajo”.

El texto que hoy ofrecemos a nuestros lectores se remonta al siglo XI. Fue escrito por uno de los más grandes abades constructores de la Orden Benedictina: Wilhelm de Hirsau. Es el más antiguo texto conocido en el que se hace referencia al mandil y de la profunda significación que tenía para los benedictinos. Lo hemos hallado gracias a las huellas que nos dejara el H:. Marcial Ruiz Torres y traducido del latín en fecha reciente. Forma parte de la larga tradición que une a todos los constructores de todos los tiempos, a la Hermandad de la Piedra.

Constituciones Hirsaugienses
Wilhelm de Hirsau

Primer Libro

Prólogo

Luego que yo, hermano Wilhelm, por mandato de Dios y por elección de los hermanos hirsaugienses, fui instituido rector de aquel lugar, en primer lugar inculqué en ellos las costumbres de la vida eclesiástica que había aprendido, cuando era pequeño, en el monasterio de San Emerammo.

Pero puesto que había en ellos muchas cosas que parecían corromperse poco a poco -en la medida en que la desidia sucedía al rigor monástico y a la conducta que en un primer momento hubo surgido- tan pronto como ante mí, en el lugar que fuera, reconocía algo provechoso de ver o escuchar a fin de recomponer las costumbres de los hermanos, o en la lectura de los libros sagrados, reunía todo esto como si fuesen piedras para la construcción del edificio espiritual.

Mientras encomendaba con delicadas plegarias mi propósito a aquel que colma de bienes el anhelo de sus fieles, Dios, que ordena todas las cosas de modo admirable y con misericordia, aquel hombre admirable, digno de la memoria de todos los hombres de bien, Bernardo, abad de Massilia,[1] que cumplía con la embajada ordenada por la sede apostólica, llegó a nosotros y permaneció casi un año entero en nuestra compañía, retenido a causa de la dificultad de realizar el viaje de vuelta, que era lo que deseaba.

Él, después de considerar atentamente la conducta de los hermanos y la situación de nuestro monasterio, un día, entre otros temas sobre los que conversábamos, se dirigió a mí de este modo: “Según veo, queridísimo hermano, este lugar es apropiado al comportamiento monástico y los mismos hermanos parecen arder en el muy denodado esfuerzo de vivir santamente. Pero sobre todo querría saber qué maestros de vuestro establecimiento tenéis y, principalmente, de cual monasterio derivan las costumbres que observáis”
“Nos empeñamos –respondí- en imitar a cualesquiera religiosos de esta vida como influencia para nosotros; pero, si os dignáis a reconducirnos a la recta senda en el caso que nos desviemos en algún aspecto, lejos de toda duda, a donde quiera que nos conduzcáis con vuestra mano de sabio consejo, con toda predisposición os seguiremos”.

A estas palabras respondió: “Vuestra conducta, hasta donde nuestra humilde agudeza puede penetrar, parece aceptable para Dios y es admiración de todos los hombres verdaderamente sabios. Pero si fuera en este punto más ilustre y, por decirlo así, se distinguiera alumbrada por las virtudes y milagros apostólicos, sin embargo no les resultaría agradable y aceptable en ese mismo grado, a menos que la tonsura llegue a ser adoptada en sus hábitos recurriendo a las otras costumbres monásticas, conforme a las reglas de la Iglesia y a los restantes principios de conducta. Pero entre todos los monasterios de la Galia Cisalpina, si me pedís nuestra opinión, os aconsejo que elijáis sobre todo el cenobio cluniacense, en donde tanto por la autoridad de los más perfectos monjes como por la antigüedad monástica, allí se desarrolla esa vida piadosa de la fortaleza y la gloria, de modo que si en otros monasterios parece haber algunas huellas de la santidad, no hay dudas de que este, como de una cierta viva e inagotable fuente, emanan cada uno de aquellos arroyuelos”.

Mientras con estas palabras y con otras razones parecidas este hombre, como suele decirse, nos dio animo para la vida presente, una vez que la embajada por la que había venido hubo concluido, se marchó, y cuando volvía, al pasar por Cluny, nos encomendó cordialmente al padre del monasterio, y nos confió al anciano tan benévolo, si algo pedíamos de él.

Igualmente, por esa época Udalrico, cierto señor cluniacense, permaneció con nosotros por algún tiempo, enviado a Alemania por asuntos de su monasterio. Y ya que era, desde mucho tiempo atrás, muy cercano a nosotros, y formado por una gran experiencia en las reglas de Cluny, le rogamos para que nos transcribiera sus costumbres. Aceptó, se comprometió a ello, y como había prometido, redacto para nosotros dos pequeños libros acerca de estas costumbres. Más tarde, como considerábamos que en aquellos libros faltaban muchas cosas para abarcar el conocimiento completo de aquellas reglas de conducta, dispusimos en primer lugar de dos de nuestros hermanos y más tarde de otros dos, y por tercera vez de nada menos que de dos cluniacenses: ellos estudiaron en un tan atento examen todos los secretos de aquella orden, que sus propios maestros, en cuya audiencia leyeron las reglas puestas por escrito, aseguraron que nunca otros discípulos de ese colegio espiritual habían entendido la doctrina de su orden más plena y verazmente. Finalmente, en el momento en que partían, trayéndonos con alegría unos mandiles de provechosa hechura, recibimos a través de ellos la disposición del señor Hugo, venerable abad de Cluny, de que por su autoridad, una vez que nuestros señores hubiesen acordado su parecer y de acuerdo con lo que manifiesta el propio proyecto de la obra, si hubiese algún elemento inadmisible acerca de aquellas costumbres, tomando en cuenta el modo de vida del país, la situación del lugar y las condiciones de la época, lo quitáramos, si algo debía ser modificado, lo modificáramos, si algo debía agregarse lo agregaríamos.

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