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El paso de la Laguna Estigia


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El paso de la Laguna Estigia

 

 

 

Hoy he visto esta fotografía de un niño sirio ahogado, sacado por las aguas a una playa mediterránea, la barcaza en la que viajaba naufragó porque la codicia de Caronte decidió sobrecargarla, y porque los gobiernos del mundo civilizado asisten impasibles a escenas como esta.

La esperanza es la confianza ciega, nunca se verifica porque se sustenta solamente en la fe, una vez más la realidad, en este caso la cruel realidad, trunca la esperanza. Un bote, o un barco, da igual su tamaño, imprudentemente sobrecargado, a vista de pájaro sobrecoge, nos constriñe la garganta y también eso que algunos llaman alma. Una masa humana de hombres, mujeres, niños y ancianos apretados, agolpados, hacinados, que a la deriva, en el océano, abandonados a su suerte, ya sólo el albur les marca el rumbo, mientras bajo un sol plomizo, el silencio más triste, las lágrimas más secas y un hedor insoportable les acompañan.

Escapan de la miseria, del hambre, de la desigualdad, de la injusticia, se evaden sin mirar atrás porque atrás queda el tártaro, pero también huyen sin horizonte de futuro, sólo tienen un presente de amargura de confianza ciega, y una nave a la deriva en la que se mueren de esas esperanzas inconclusas.

Esa masa humana se desborda tras cada muerte o la nave naufraga por sobrepeso sin poder reaccionar a un golpe de mar, y el océano traga sus cuerpos, después los mece y los saca a la orilla como una ofrenda expiatoria ritual para testimoniar ese evitable holocausto sin sentido, para inculpar a la civilización de un crimen de lesa humanidad: Fabricar armas, emplear dinero en armamento y en emprender y financiar guerras, y no gastar ese dinero en levantar naciones sin medios para explotar sus recursos.

No es caridad lo que hace falta, la caridad no soluciona nada, al contrario, empeora el problema porque humilla, aquí no sirven las morales religiosas; es solidaridad lo que en cumplimiento inexcusable del código ético de los Derechos Humanos, hay que ejercer sin ambages y sin demora.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, la Iglesia Católica, puso en funcionamiento lo que llamó la Ruta de los Monasterios, conocida hoy como Ruta de las ratas por su motivación y finalidad, que consistió en la ayuda para escapar de Alemania tras el armisticio, el cobijo y la protección de varios miles de oficiales y jefes nazis, y procurarles los alojamientos necesarios durante la huída de la justicia, hasta llevarlos salvos a Estados de corte fascista como España, Argentina u otros donde se afincarían y vivirían el resto de sus días. Hoy la Iglesia Católica mantiene relaciones diplomáticas con 177 Estados del mundo y podría proponer una colaboración solidaria en cada uno de ellos para admitir refugiados.

¿Es tan difícil hacerlo? Sería una actuación acorde con la función teórica de esta organización religiosa. ¿ Y es tan difícil que las organizaciones internacionales oportunas ejerzan de verdad la Solidaridad con las naciones que no alcanzan a cubrir sus necesidades mínimas, poniendo un plazo de varios decenios, empezando por la educación, y la posterior formación técnica profesional, creación de industria, agricultura, etc.?

Es sin duda difícil, pero es ponerse a ello, si no es así, la huída del tártaro de la guerra, la miseria, el hambre, será, como siempre ha sido, el cruce de la Laguna Estigia: a la izquierda Europa, las fuentes del Paraíso, el manantial del Leteo cuyas aguas destruyen el pasado y conceden la eterna juventud, a la derecha la costa africana, la puerta del Hades por la que volverán custodiados por Cervero, una ley injusta.

Somos nosotros, todos, uno a uno, los que debemos esforzarnos en que se aplique eficientemente el desarrollo al que hemos llegado, debemos denunciar hasta la saciedad el inmovilismo reaccionario del conservadurismo que no se plantea el reto de acometer cambios, de solucionar los nuevos problemas con nuevos métodos y debemos participar también ayudando solidariamente en la medida de nuestras modestas posibilidades.

Este niño representa la inocencia sin futuro, un Aquiles sumergido en el Leteo por su madre Tetis, la nereida hija del anciano de los mares, su talón no mojado por las aguas le proporcionó una debilidad: la inocencia, la inocencia que día a día es ahogada por la codicia, la hipocresía y el fanatismo de un mundo civilizado.

Elda, Alicante, España, 2 de septiembre de 2015

Vicente Hernández Gil, 33

Publicado por:

Vicente Hernandez Gil

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