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Efemérides: Victoria del partido Nazi en Alemania

 

 

 

El 5 de marzo de 1933 en Alemania, se vota para elegir la composición del Reichstag y el partido nacionalsocialista de Adolf Hitler arrasa con 17.266.823 votos. Los socialdemócratas obtienen 7.176.050, los comunistas 4.845.379 y los nacionalistas 3.132.595 votos. Se han puesto las cimientos para el inicio de la dictadura más cruel. (Hace 83 años)

El ascenso al poder de Adolf Hitler comenzó en septiembre de 1919 en Alemania, cuando Hitler se unió al partido político conocido como Deutsche Arbeiterpartei, DAP, el Partido Obrero Alemán. En 1920 cambió su nombre a Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei (NSDAP), Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, comúnmente denominado Partido Nazi. Este partido político se formó y desarrolló durante la posguerra de la Primera Guerra Mundial, como partido antimarxista y opuesto al Tratado de Versalles y al gobierno democrático de posguerra de la República de Weimar. Defendía el nacionalismo extremo y el pangermanismo, así como un virulento antisemitismo. Puede considerarse que el ascenso de Hitler terminó en marzo de 1933, después de que el Reichstag adoptara la Ley de Concesión de Plenos Poderes de 1933. El 30 de enero de 1933 el presidente Paul von Hindenburg había nombrado a Hitler canciller tras una serie de elecciones parlamentarias y las consiguientes intrigas entre bastidores. La ley de plenos poderes si se aplicaba de forma despiadada y autoritaria daba virtualmente a Hitler la capacidad de ejercer constitucionalmente a partir de ese momento un poder dictatorial y sin objeciones legales.

Hitler nunca ganó unas elecciones, o al menos no unas elecciones democráticas desde el libre juego burgués.

Hitler fue aupado políticamente y en enero de 1933 nombrado a dedo canciller por la gran industria y Banca alemana (los Bayer, Basch, Hoechst, Haniel, Siemens, AEG, Krupp, Thyssen, Kirdoff, Schrder, la IG Farben o el Commerzbank, entre otros), utilizando para ello la figura del presidente de la República, Hindenburg. Apenas un mes después el nuevo canciller provocó el incendio del Reichstag y acusó a los comunistas de haberlo hecho para conseguir que se dictara el estado de excepción, a partir del cual desató una fulminante represión contra las organizaciones de los trabajadores, cuyos partidos políticos juntos (KPD -comunistas- y SPD socialistas-) le habían superado con creces (unos 13 millones de votos contra 11 y medio). Ilegalizó al KPD y prohibió toda la prensa y la propaganda del SPD. Después, el 6 de marzo, convocó unas elecciones y entonces ya sí, claro, las ganó (aun así, por su cuenta, los candidatos de los principales partidos obreros todavía conservaron, juntos, más de 12 millones de votos). En agosto, tras la muerte de Hindenburg, Hitler se autoproclamó Jefe del Estado. Comunistas, socialistas, pacifistas y opositores en general pasarían a ser los primeros inquilinos de los campos de concentración nazi.

No fue el primero en ganar elecciones de esa forma, pero su ejemplo parece haber dejado larga huella. De hecho, en los últimos tiempos esto de hacer elecciones en estado de excepción se está generalizando ampliamente. O para decirlo de otra forma, la situación excepcional se está convirtiendo en el estado normal de celebrar elecciones en el capitalismo degenerativo militarizado el que estamos inmersos.

Hitler (como tantos otros candidatos del Gran Capital), no ganó unas elecciones, pero tuvo que hacer como si las hubiese ganado. Tampoco nunca al Gran Capital le tembló la conciencia para proclamar democráticas unas elecciones en las que sus partidos cuentan siempre con todo el aparataje mediático y de poder, con su financiación, clara y oscura, detrás, frente a cualquier opción popular que concurre a la contienda electoral sin apenas medios. En las economías de capitalismo avanzado se hizo pasar por democrático al Bipartido único, cuyas dos caras se han venido alternando en la dirección del Estado.

 

 

 

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Garibaldi

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