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Opinión: El rincón del masón vago


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Rincón del masón vago.- Cuando el hombre se enfrenta a un desafío intelectual, pongamos como ejemplo la búsqueda del significado velado de un elemento simbólico, lo hace desde dos posibles actitudes, el conformismo de lo revelado por otros o la  necesidad intelectual de comprender por sí mismo lo que aún no está desvelado.

La primera actitud suele estar sembrada de frases hechas, de lugares comunes que,  al estilo de lo sucedido con el gato del gurú, con su paso de mano en mano acaban siendo una simple frase  sin sustancia, un concepto manido que ha perdido toda su posible sabiduría original en la transmisión viciada por la falta de complicidad, o de sabiduría,  del receptor, de los transmisores, y muchas veces de ambos.

Todos los estudiantes actuales conocen el uso del corta y pega, y saben de un lugar que es el paraíso de los que prefieren la respuesta al conocimiento. Hablo del mítico “Rincón del Vago”. En esta dirección el matriculado, el doctorando sin imaginación, o cualquier necesitado de conocimiento no adquirido, puede encontrar una fuente abundante de frases utilizadas para simular una sabiduría ajena que, desde el momento en que no se asimila, resulta absolutamente superficial y nada sabia.

Como no podía ser menos, y como en todo lugar donde se busca el conocimiento con trabajo y compromiso, en la masonería también existen los masones vagos, los masones faltos de compromiso, los masones cuyo mandil solo tapa el vacío intelectual más absoluto.

No en vano es una realidad que la composición de nuestra augusta Orden es un fiel reflejo de la sociedad en la que bebe para engrosar sus filas.

Hacer un catálogo exhaustivo de las tales frases resulta altamente dificultoso, casi cualquier frase que intenta reflejar un camino para comprender el método, para dar una pista sobre una forma de llegar a entender el desarrollo del camino, que intenta lograr un atajo intelectual, puede acabar, maltratada por el déficit de quién la usa, convertida en un pásalo insustancial y pernicioso.

Soy masón porque mis hermanos me reconocen como tal, pasar la llana, la lluvia fina, sacar brillo al traje, los infinitos matices del gris, no se puede hablar de política y ni de religión, solo por dar los ejemplos más significativos con los que me he encontrado.

Sin duda solo puedo ser masón si mis HH. me reconocen como masón, porque eso significa que mi progreso e implicación me hacen digno de ese reconocimiento, porque mi aportación a la orden y al progreso de mis HH. así lo acredita, pero me he encontrado con la frase ratificando camarillas, sirviendo de coartada a conductas de falta de compromiso, de trabajo de comprensión e invocando su perfección desde el reconocimiento de cuatro amiguetes de mandil con las mismas carencias que el referido. Eso sin entrar a que el primer reconocimiento, el primer H. que me tiene que reconocer, y no es fácil, soy yo desde mi propia mirada descarnada en el espejo.

Pasar la llana es una actitud de conciliación, de tolerancia imprescindible ante los inevitables roces entre HH. diversos que comparten y se ofrecen de forma total, lo cual provoca inevitablemente excesos y conflictos. La llana iguala, repunta, remata y en casos muy puntuales tapa y disimula, y es la herramienta principal de la tolerancia. El problema es cuando la llana se intenta aplicar como maquillaje ante un conflicto de una gravedad que exigiría la revisión urgente del muro, incluso su desmantelamiento. He llegado a oír a personas que pretenden pasar la llana sobre un muro inexistente, imposible, inviable, simplemente porque el problema exigiría, de otra forma, compromiso, personalidad, rigor y tomar decisiones dolorosas por su parte. Con voz de sabio instalado y ademanes de profunda reflexión, el ínclito masón propone pasar la llana, que en esos casos no significa nada, dejando constancia de su sabiduría axiomática.

Y, suceda lo que suceda, el llaneador solitario queda como hombre prudente, sobre todo para sí mismo.

La lluvia fina es una expresión que habla de cómo la masonería va penetrando en el masón, empapándolo, configurando su personalidad masónica sin apenas percatarse de ese proceso de transformación que es nuestro trabajo principal. Pero no siempre llueve a gusto de todos, no siempre la lluvia fina es el camino, a veces hace falta una tormenta, o que escampe para que el agua pueda filtrarse y empapar el interior y no arrase el exterior. El problema principal es cuando la expresión disimula una falta de rigor en la formación, cuando se pretende delegar en el tiempo lo que debe de proporcionarse con el esfuerzo, cuando se oculta una falta de conocimiento, o una dificultad a la hora de transmitirlo, y se confía en la lluvia fina para que haga la labor que debería de hacer el maestro aguacero.

Lo de sacar brillo al traje, es, seguramente, un excelso compendio de lo que no debería de ser, de lo que nunca debió de ser. Y lo es porque parte de una confusión perversa que solo puede anidar en una personalidad con fallos múltiples de base que la llevan a trastocar términos y valores. Parte de asimilar la asiduidad con el compromiso, pretendiendo sustituir el trabajo imprescindible para el progreso por la mera presencia. La aberración es evidente, tan evidente como el daño que infiera esa perversa utilización del término. Por poner un ejemplo que lo haga aún más palmario, sería como pretender llegar a ser un actor asistiendo al cine o al teatro todos los días de estreno. 

En estricto cumplimiento de los juramentos no debemos hablar de política, ni de religión.

Los motivos son claros, tan claros como los límites que debemos de ponernos a nosotros mismos en la relación con nuestros HH. para evitar posibilidades de deterioro en esa relación. Pero resulta que, a nada que lo pensemos, todo lo social es política y mucho de lo ético y lo moral entra en el tema religioso. ¿No podemos entonces, hablar de nada social? ¿De nada moral? ¿De nada ético? ¿No están precisamente estos tres temas en la más profunda esencia de la masonería? ¿En su compromiso con una sociedad mejor?

Para cualquier mente limpia y despierta la respuesta es evidente, no podemos hablar de ideologías, no podemos hablar de religiones, de dogmas y creencias, no puedo hacer un discurso en el que los posicionamientos provoquen un enfrentamiento con otro H., tampoco es necesario. Al hablar de igualdad, de objetivos de igualdad, no tengo por qué determinar el cómo conseguirlos. Para el masón lo importante es el qué, para el político, para el religioso, lo importante es el cómo. Sin embargo, amparados en este compromiso, hay personajes en nuestros talleres que pretenden imponer una censura feroz que no tiene otro objetivo que lograr una logia plana, inerme, incapaz de hacerse planteamientos profundos que puedan poner de relieve su absoluta falta de profundidad.

Hay más.

Hay muchas más, y cada uno de nosotros puede identificar, seguramente, varias que merecerían pasar a un catálogo completo del “Rincón del masón, vago”. Pero no es pretensión de este trabajo, ya no breve, convertirse en el tal catálogo, en una suerte de índice denuncia de verdades del barquero aplicadas a la masonería. Y es que este trabajo no tiene vocación, como tampoco originalmente las frases mencionadas, de dar la solución a nada, si no, como debería de ser, marcar un camino que cada uno ha de alumbrar, con trabajo, para sí mismo.

Publicado por:

Garibaldi

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