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Sobre la discreción, el secreto y el misterio

 

 

 

José Luis Najenson, M:.M:.

 

“Y la vida es misterio, la luz ciega
  y la verdad inaccesible asombra
  y el secreto ideal duerme en la sombra.”
 ( Rubén Darío)

La indiscreción no es uno de los pecados capitales, pero a veces sus daños se asemejan a los de aquéllos. La discreción, por contraste, es una virtud; no sólo de la humanidad como un todo, hombres y mujeres profanos, sino, y muy especialmente, de los HH. MM. y de sus QQ.CC.

Desde el primer punto de mira, el del hombre en general, la indiscreción es una alienación o enajenación;  el ser enajenado es el que está afuera de sí mismo, a menudo por carecer del conocimiento de sí mismo. Y este defecto, al hacerse carne en lo cotidiano, afecta profundamente la vida íntima, patrimonio exclusivo y sagrado del individuo, cuya violación va en contra de las leyes de la naturaleza y de la Creación. Si el GADU nos hubiera querido indiscretos, hubiese dotado a toda la especie humana con el equívoco poder de la telepatía. (A propósito, yo he pensado el argumento de un cuento fantástico sobre la lengua de Babel, la que todos entendían, suponiendo que era una lengua muda, meramente conceptual, basada en la adivinación del pensamiento compartida y atributo de una humanidad pecadora e insoportable, no sólo para la Divinidad. En cambio, su desaparición y reemplazo por la multiplicidad de lenguas coadyuvaría a la virtud de la discreción y su hermana, la  reserva, preservando el tesoro de la intimidad personal.)

En el ámbito masónico la discreción está asociada al silencio y al secreto, y se torna aún más importante como virtud cardinal para la Orden. La discreción es la puerta de la sabiduría, el único don que pidió nuestro Rey Salomón para sí, y con el cual, y por lo cual, le fueron concedidos los demás dones. Pero el meollo de la discreción no es sólo saber callar, cuándo guardar silencio, sino también cuándo no guardarlo. El silencio de por sí ha sido vinculado frecuentemente con la mística y el esoterismo. Baste recordar el silencio elocuente de los tzadikim jasídicos, el voto de silencio de algunas órdenes monásticas cristianas, o la “entrada al silencio” del budismo zen y otros credos orientales. En silencio crece la semilla en la tierra, así como el alma del hombre, divina semilla, alberga en su interior la chispa del Creador, que lo convierte en su “imagen y semejanza”.

En el Taller, el silencio asume formas explícitas  en signos y símbolos que no me es dado revelar. Mas puedo admitir que en el silencio se aprende, que el silencio es uno de nuestros maestros secretos, que también nos enseña en qué momento debemos dejarlo. Quien sabe callar sabrá no hacerlo cuando se requiera,  cuando se trate de auxiliar a un hermano, a un semejante, o ante una cuestión de vida o muerte. Por eso, en la Masonería, el silencio no es absoluto sino relativo, y su índole está asociada con la del secreto, que asume dos acepciones.

A. El imperativo de guardar en secreto, por el carácter reservado de la Orden, gestos, toques y palabras de identificación u otros signos que, amén de su valor simbólico intrínseco, obstaculizan la entrada de no masones al templo y contribuyen al mantenimiento de la seguridad a través del retejado.

B. Los secretos mismos, es decir, los misterios profundos, esotéricos, de la Orden, que no son patrimonio colectivo indiviso sino individual, luego de una ardua búsqueda interior.

La primera acepción es una función , asimismo, de la sociedad donde está instalada la Francmasonería. Se ha dicho, con razón, que en un estado autoritario la  Orden es “secreta”, y en uno democrático es “discreta”; entendiendo estos atributos dentro de una amplia gama  de posibilidades, tan amplia y variada como la de dichos estados. En este sentido, creo, se inscribe el landmark número XIII de Mackey: “La Masonería es una Sociedad Secreta”. En este tenor también se jura o promete guardar el secreto de todo lo acaecido en las tenidas, en todas las logias.

La segunda acepción, la del secreto masónico como misterio, tiene una dimensión esotérica y filosófica de búsqueda de la verdad, o, si se quiere, recuperación de la sabiduría perdida a través del camino de los símbolos, a las que todo masón está compelido. Vale decir, a ambas, la indagación de la verdad y el rescate de la sabiduría, porque no sabemos si son la misma cosa… Pero no se trata de un secreto cabal transmitido de generación en generación, “de la boca al oído” y de maestro a discípulo; no se sirve en bandeja. Lo que se transmite son los signos y  rituales heredados, mediante cuyos símbolos, más o menos explícitos, interpretados por cada uno, se realiza la búsqueda esotérica. Es un camino, pero hacia dentro de uno mismo, cuya experiencia se restringe a la conciencia y al alma de cada H.M., y por lo tanto es INDIVIDUAL E INTRANSFERIBLE. Por ello, en el fondo, el secreto masónico NUNCA PODRA SER VIOLADO. Ese guiarse por la luz escondida, andar a través de los velos tratando de develar lo que ocultan, ir avanzando en desentrañar el significado de los símbolos  y leyendas  implícitas en los ritos y ceremonias -aunque éstos sean colectivos  y compartidos en su forma- es, desde el punto de vista del salario espiritual de los obreros del Taller, siempre individual. Constituye una experiencia personal e intraducible que conduce de lo inmanente a lo trascendente. Por eso he afirmado que el secreto masónico profundo siempre estará a salvo, y que las precauciones y la discreción sólo se refieren a la necesaria reserva para una segura y adecuada transmisión de las fuentes escritas u orales y de las herramientas y alhajas masónicas, con el objeto de que  sean dignamente preservadas y no caigan, dentro de lo posible, en manos inadecuadas.

Por último, cabe mencionar algo que el MRH José Schlosser llamó humorísticamente “secretos de alcoba”. Delegando el doble sentido evidente de esta expresión al desierto de los temas intratables por ética y estética, nos referimos sólo a un par de interrogantes de no fácil respuesta: ¿Cuánto deben saber las QQ. CC? ¿Qué se puede contarles y qué es preciso mantener en reserva? Para ello recurriré a una alegoría:

Al comenzar con la palabra “¿cuánto?”, estoy admitiendo de antemano que no se puede mantenerlas en la ignorancia absoluta  sobre las cosas de la Orden, porque son parte entrañable de la familia masónica y nuestras “camaradas de ruta”, sin cuya comprensión y apoyo no podríamos emprender  la interminable odisea masónica. Ellas están a bordo del barco de Ulises y no en Itaca, como la Penélope helénica. Son las Penélopes viajeras de cada Ulises masónico, y no tejen ni destejen tapices sino la trama de la vida. No obstante, no necesitan conocer el rostro de las ninfas y Polifemos, ni de los dioses malignos o benignos que acosan a Ulises y sus compañeros; como tampoco les hace falta taparse los oídos con cera para no oír a las sirenas. A ellas no les afecta su cántico porque no son marinos, aunque estén en la emparcación. No han sido iniciadas en las artes navieras, en sus historias y mitos, ni tampoco lo necesitan. Pero están allí, escuchan las palabras, invocaciones y blasfemias de los hombres, perciben la marea y sufren las tormentas a la par de ellos, y contribuyen con su esfuerzo para mantener la nave a flote. Sin ellas, la nave se hundiría irremediablemente.

En este caso, tal vez pueda aplicarse la teoría hermética del continuum, como se ha hecho con el bien y el mal, la fealdad y la belleza, entre otras oposiciones, siendo la discreción y la indiscreción manifestaciones polares de un mismo fenómeno. Cada marino masónico, por consiguiente, deberá aprender qué contar y qué omitir, a la noche, en lo recóndito de las alcobas, junto al rumor perenne del mar, que es la metáfora de la vida misma.

 

Fuente: Fraternidad 62

 

 

 

Publicado por:

Diario Masónico

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